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actualizaciones - relatos breves fritos

Es miércoles, se está haciendo tarde y el café con leche se enfría. Sé que debería levantarme de la silla y ponerme en marcha, aceptar que hoy no podré leer la prensa online y mucho menos hacerlo mientras le doy cautelosos sorbos al humeante contenido de mi taza naranja.

Pero aquí me tienen, sentado como un gilipollas ante la pantalla azul a través de la que mi ordenador me informa que la actualización de Windows 17 está en estos momentos al veintiuno por ciento; incapaz de otra cosa que no sea tratar de calcular cuántos minutos faltan todavía para que Microsoft me devuelva mi escritorio y pueda beberme mi café con leche en paz al tiempo que ojeo las noticias.

Amortiguada, me llega la voz de Vilma desde nuestro dormitorio:

  • ¿No estás llegando tarde al curro?
  • Salgo en cinco minutos. ¿Has dicho “curro”?
  • Dime que no llevas la misma ropa que ayer y el lunes.
  • ¿Vamos a empezar otra vez?
  • Tú verás lo que haces. ¿Vendrás a casa a almorzar?
  • Casi seguro que no. Hoy toca reunión ejecutiva, a saber qué idea de bombero se le ha ocurrido ahora a Fefé para evitar la quiebra.
  • Si cambias de planes me llamas, y le digo a la nevera que descongele otra lubina.
  • Puedo decírselo yo directamente, si prefieres
  • No te entendí.
  • Cosas mías. No me hagas caso.

La actualización todavía está al cincuenta y dos por ciento cuando constato que el café con leche de cápsula se ha corrompido. En el tazón naranja flotan apenas un par de nubes burbujeantes sobre una brillante pátina tricolor que huele a canela y naftalina. Ante tan deprimente visión consigo reunir las fuerzas suficientes para levantarme.

Enciendo en el baño la tablet mientras me bajo los pantalones, a fin de continuar con la lectura de un ebook que a fuerza de sesiones de cinco minutos al día tengo ya bastante avanzado. El sistema operativo Android me desea un buen día, no sin advertirme a renglón seguido de que va a proceder a una actualización crítica del software de mi dispositivo, al que tiene pensado convertir durante los próximos minutos en un ladrillo extrafino.

Por supuesto mis tripas, ante la falta de distracciones visuales, de sucedáneos de cafeína y en general ante tan injustificable alteración de la rutina, deciden declararse en huelga. Me vuelvo finalmente y con desgana a subir los pantalones mientras decido –no sé qué hora es, pero seguro que tardísimo- que la barba entrecana que tamiza mi rostro abotargado puede esperar un día más para ser rasurada.

  • Picas – se queja Vilma cuando le doy un beso de despedida en el hombro.
  • Cuando nos conocimos llevaba bigote, y no recuerdo que te quejaras.
  • Cierto. Las fotos…
  • Las fotos, sí.
  • Pero en las fotos eras mucho más joven –me suelta, sin que suene del todo a reproche.
  • Tú no – contesto, con toda la mala baba de que soy capaz.

Por toda respuesta, mi esposa se da la vuelta con displicencia, mostrándome sin atisbo de pudor la parte trasera de su cuerpo post-adolescente en toda su desnudez. Descubro no sin una mezcla de alarma y rabia un par de tatuajes de los que no tenía constancia.

Pero ya es tarde, también para discutir.

Llaves, teléfono, cartera. Salgo de casa. Mientras espero el ascensor escucho a lo lejos el inconfundible soniquete avisándome que mi pc se ha reiniciado. A buenas horas.

El ascensor, tras una desesperante espera, abre sus puertas y educadamente me pregunta:

  • Dono furoa ni ikitaidesu ka?

A lo que, como sin duda comprenderán, no sé qué responder. En el interior del habitáculo me topo con la viuda del alférez Mitchons, que vive (ella) en el sexto piso. Me explica que con motivo de la última actualización del elevador, ora por un error de software, ora por la aviesa intervención de algún jáquer, se ha establecido como idioma predeterminado de la interfaz el japonés. Añade que a consecuencia de tan infausta calamidad lleva sus buenos minutos dejando su devenir vital al albur de los requerimientos de los vecinos, ya que para más inri la botonera interior no funciona y el artefacto solo obedece a instrucciones verbales en el idioma del país del sol naciente.

Como mi japonés apenas da para dotar de onomatopéyico contexto una patada voladora, se me ocurre encender el teléfono móvil y dejar en manos del traductor de Google la responsabilidad de intermediar con el ascensor. Por desgracia, mi terminal comparte sistema operativo con la tablet, por lo que a lo largo de un tiempo indeterminado me toca esperar a que Android solucione sus crisis internas vía otra impostergable actualización de software. Durante el ínterin decido ir soltando a viva voz interjecciones aleatorias y pobladas de fonemas oclusivos y fricativos, por si en una de éstas doy con el equivalente en nipón a “planta baja”. Merced a alguna de estas intentonas o a lo mejor a demanda de algún copropietario el ascensor nos deposita en el piso quince, donde la viuda del alférez Mitchons decide apearse alegando contar en el rellano con un amigo especial.

Una eternidad después consigo llegar a la planta baja y me apresuro a arrancar mi coche (tras una pausa de varios minutos durante los que el sistema operativo de mi utilitario considera imprescindible suspender la operatividad de todas sus funciones en lo que procede a transponer a fa sostenido el indicador de desgaste de las pastillas de freno) y una vez incorporado al caos circulatorio (coadyuvado por la preceptiva actualización del sistema semafórico de la ciudad, tendente a dar cumplida homologación a una normativa europea consistente en que el icono representativo de la peatona femenina luzca ataviado con una falda conveniente pero imperceptiblemente más larga), aparezco por mi puesto de trabajo una hora y cincuenta y tres minutos tarde, justo a tiempo de recoger una caja con mis pertenencias de manos del jovenzuelo con que la empresa ha decidido sustituirme para abaratar costes.

Por suerte, el camino de vuelta transcurre sin ninguna actualización reseñable, lo que me permite pillar a Vilma en acto flagrante de adulterio con un compañero de clase de Iván, nuestro hijo mayor.

Es tal el frenesí concupiscente con que se entrega al fornicio la pareja de mamíferos anteriormente referenciada que ni se dan cuenta de mi presencia. Me quedo pues durante unos segundos abstraído en la observación de los rítmicos movimientos del culo lleno de granos del amante de mi mujer, indeciso entre interrumpirlos con una frase sarcástica o bien darle una violenta salida contextual a mis recientes progresos con el japonés.

Opto en su lugar por trasladarme al salón con ánimo de estrenar la botella de whisky que mi reciente exjefe incluyó en el lote de navidad que me regaló el año pasado. Mientras me sirvo un vaso generoso me da por preguntarme si quizás es demasiado temprano para empezar a beber, razón por la que trato de consultar la hora en el reloj de cuco sin mayor éxito, por hallarse el cuculiforme en cuestión recluido en su nido virtual a fin de recibir una actualización consistente en un pack de nuevos gorjeos.

Me derrumbo finalmente en mi confortable sillón analógico, y antes de que los incansables porqués tamicen cada episodio de mi vida pasada con sus insobornables ramificaciones hasta el momento actual, sé que por fin es hora de darse por vencido.

Extraigo, pues, del pastillero que llevo en el bolsillo interior de mi chaleco una gragea de color rojo, y sin concederme tiempo a pensar en la locura que estoy a punto de cometer, la bajo por el gaznate con un trago largo de whisky.

* * *

  • Por fin – suspira sonriente la mujer desnuda cuando despierto.
  • ¿Hemos…
  • No. Pero sin duda lo haremos.
  • Dime que al menos nos conocemos.
  • Yo a ti sí, y tú con el tiempo me reconocerás.
  • No te entiendo.
  • Es normal. Seguramente a ti te resultó más fácil cuando yo…bueno, en la situación inversa. Al menos tenías fotos que enseñarme.
  • Sigo sin…

La mujer no me deja continuar. Me atrapa con un beso cálido, denso, sensual, y aunque ella es algo mayor que yo, al sentir su peso contra mi sexo decido dejarme llevar. Tiempo habrá –siempre lo hay- para las preguntas. A lo lejos un reloj de cuco anuncia que su actualización se ha completado con éxito.

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