Cambio de vías

Cuando acabamos de hacer el amor, la mujer que dice haber sido mi novia en el instituto me besa en la mejilla, se ciñe una bata que ha conocido mejores tiempos y se va a la cocina con la promesa de prepararme mi plato favorito.

– Ni se te ocurra escapar, Tomás – me advierte con un gesto admonitorio rebosante de picardía.

Ni me llamo Tomás ni guardo un recuerdo de la mujer que ahora trastea en la cocina más lejano a lo acontecido las últimas semanas, pero no digo nada. ¿Para qué sacar a flote la verdad cuando la mentira es lo único que parece sólido? Me levanto de la cama y enciendo un cigarrillo. A través de la ventana del pequeño apartamento de Inés se puede ver buena parte del barrio: Apenas cuatro manzanas rodeadas de nada, cuatro manzanas, típicas, anodinas, compuestas de lugares comunes: ropa en los tejados, murmullos asincopados de seriales y noticieros y un inefable olor a suavizante y apio. Al fondo de todo, lindando con la bruma, la estación del ferrocarril donde me apeé hace apenas un mes.

Intento una vez más–en un obsesivo intento por cachear mi cordura- encontrar algo de sentido a los últimos acontecimientos.

Hace apenas un mes no me llamaba Tomás ni tenía una novia que alardeara de haberme explotado las primeras espinillas. Hace apenas un mes el banco me había desahuciado, mi mujer había decidido extirparme de su vida y mi hermano Celso me quería convencer de que dejarme dormir en el sofá de su casa era una mala idea.

Hace un mes el futuro era una moneda de dos caras: fatalidad o drama.

Cuando tienes un billete de cinco euros y unas monedas por todo patrimonio y el presente dejándote claro que no cuenta contigo, la elección lógica suele ser huir. Pero –no me pregunten por qué- en lugar de invertir mi capital en un brick de vino de mesa acabé frente a una taquilla de la estación central de ferrocarriles.

– Un billete.
– ¿Hacia dónde?
– Todo lo lejos que cinco euros me permitan.

Era de noche cuando tomé el último tren. Recuerdo que me quedé dormido y cuando desperté estaba solo en el vagón. Un incipiente tono rosáceo trataba de sedimentarse entre los contornos; se deshilachaba por las ventanillas un paisaje yermo e inusual que no era ciudad ni campo.

No tenía ni puta idea de dónde estaba.

El ferrocarril aminoró la velocidad y por megafonía fui informado de que la próxima era la última parada del trayecto. Así que sin equipaje ni expectativas me desperecé, dispuesto a mirar a los ojos al que sin duda sería el escenario de mis últimos días. Me pareció escuchar a lo lejos un frenético repiquetear de campanas. Las tripas me rugían por el hambre y la resaca.

En el andén, pese a lo temprano de la hora, se agolpaba casi un centenar de personas. Una sensación agridulce sacudió mi estómago, con esa añoranza proyectada de lo que nos hubiera encantado que fuera si no hubiéramos dedicado nuestra vida a conseguir justo lo contrario. Descendí con torpe cautela los dos escalones metálicos e instintivamente tanteé mis bolsillos para calcular cuantos vasos de vino barato –con su correspondiente tapa- podrían servirme en el garito más cercano con las monedas que me sobraron.

Y de repente alguien me dio un abrazo. No fue un abrazo de compromiso (ya me hubiera gustado a mí que mi hermano Celso alguna vez me abrazara así), sino algo sentido, algo de verdad.

– Bienvenido a casa – me soltó un tipo de unos cincuenta años, los ojos vidriosos. -¿Y tu equipaje?
– Perdone, pero…
– ¿No te acuerdas de mí? Soy Jairo. Te di clases de solfeo y violín cuando no levantabas ni esto del suelo.

Y antes de que tuviera la oportunidad de deshacer el malentendido o explicar que no he tocado el violín en mi vida, docenas de personas formaron un corro entusiasta a mi alrededor, llenándome de abrazos y besos y apelando a recuerdos compartidos que me eran tan ajenos como el barrio mismo. Y cuando mi incomodidad estaba a punto de estallar en una enérgica queja, Inés se me lanzó al cuello y me pegó un morreo de dimensiones considerables ante el entusiasmo general.

– No te imaginas cuánto te he echado de menos –me susuró al oído mientras mantenía una embarazosa cercanía con mi zona pélvica.

Fui llevado casi en volandas hasta el mesón de Angeles, que sin hacer caso a protestas ni horarios me sirvió una porción más que generosa de cochinillo al horno con guarnición de patatas a la importancia.

– Dime si está como lo recuerdas, jovencito.
– Está sin duda mejor – respondí sin faltar del todo a la verdad, mientras saciaba el hambre con tal ansia que olvidé mis ganas de beber.

Y desde esa noche vivo en un barrio que no recuerdo pero que me recuerda, rodeado de amabilidad y cariño. Acuda donde acuda, no me falta un plato de comida o un punto de anclaje con el pasado de otro vecino. Y, claro, luego está Inés.

Apago el cigarrillo.

La mujer que dice haber sido mi novia vuelve con una fuente enorme de macarrones a la carbonara que, aunque ni de lejos es mi plato favorito, no tienen mala pinta. Apenas la ha depositado sobre la mesa empiezan a sonar las campanas.

– Rápido, Tomás. Vístete y ven conmigo.
– Pero, ¿dónde…
– ¡Vamos! El ferrocarril no tardará en llegar.

Y cuando me quiero dar cuenta estoy en el andén junto con el resto de vecinos, esperando el ferrocarril. Caigo en estos momentos en la cuenta de que no recuerdo haber visto pasar –y aún menos detenerse- ninguno desde que llegué.

Del segundo vagón se apea un tipo con pinta de no haber dormido en días. Echa un vistazo al paisaje que le circunda sin demasiado interés, más por orientarse o descubrir dónde diantres ha venido a parar que por esperar nada especial. Dos minutos después mis conciudadanos lo tienen acogotado entre abrazos y remembranzas.

De repente comprendo que el recién llegado va a echarlo todo a rodar con una protesta desabrida. Comprendo también lo que se espera de mí, así que le abrazo y le planto un beso en cada mejilla.

– Celso, ¿no le dices nada a tu hermanito?

Hago lo imposible para pasar por alto la mueca de estupor e incomprensión del desconocido. El cochinillo de Angeles espera.

Autor : Erre Medina

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