Derecho a guardar silencio

Un día Susana y yo dejamos de hablarnos.

Quiero decir con esto –supongo que ya me habrán entendido, pero yo se lo explico con gusto- que  llegó un día en que Susana y yo nos limitamos a intercambiar entre nosotros mensajes emocionalmente asépticos, tales como “¿Me pasas la margarina?” o “mientras esa zorra siliconada presente los informativos te agradecería que nos pusiéramos al día de la actualidad a través de otro canal televisivo”.

Por lo demás, y como digo, se había ido instalando de forma paulatina en nuestra convivencia un silencio consentido e impertinente que, a fuerza de terminalidad, de no esperar el contrapeso de alguna respuesta, nos dejaba al pairo de cualquier suceso –bueno, malo, siempre ajeno- que tuviera a bien darnos el pie adecuado para cerrar con un portazo nuestra silente relación.

Entonces llegaron los bolivianos.

La primera noche la onda expansiva de una cumbia malaje me lanzó de morros contra el tocador, donde no tardé en perder presencia de ánimo al tiempo que era coronado por las bragas de Susana, que a su vez se aferraba cual gogó desquiciada a la lámpara de araña.

Por lo que luego supimos, el piso de arriba había sido alquilado a una pareja latina sin hijos que al parecer en un momento posterior a la firma del contrato de arrendamiento eclosionó, transformándose en una ruidosa turbamulta que taconeaba sobre nuestras cabezas rigiéndose por los husos horarios amerindios.

La segunda noche de jarana llamamos a la policía, que llegó tres horas después, concretamente a los diez minutos de que hubiéramos logrado conciliar el sueño. Tras apagar las señales acústicas que amenazaban con reventar la estructura del edificio fueron probando con todos los interruptores del portero automático, hasta dar con el nuestro.

Una vez despertaron de su sueño etílico a nuestros vecinos de arriba –lo que consiguieron a base de aporrear su puerta hasta derribarla con estruendo y saña- les reconvinieron severamente por alterar el descanso de los demás moradores del inmueble. Acto seguido dieron por cumplido su cometido y entre los abucheos del respetable retornaron a sus labores de vigilancia y pacificación nocturna, no sin olvidarse de conectar de nuevo las señales acústicas, que durante interminables minutos se fueron perdiendo como un perro fiel tras el coche policial en el silencio renuente de la madrugada.

Por alguna incomprensible razón, nuestro acto de civismo nos reportó la enemistad del resto de copropietarios, que decidieron alinearse con los recién llegados en nuestra cruzada contra el ruido.

– Deberían ser ustedes más tolerantes – nos decía la viuda de un capitán de las tropas nacionales que vivía en el ático.

– ¿Tolerantes? Señora Toribia, ayer mi San Pancracio acabó en la pecera de un salto.

Ni que decir tiene que ante el apoyo popular el pequeño ejército boliviano se vino arriba, convirtiendo nuestro añorado nidito de silencio en algo así como las catacumbas del Cochabamba Club. Era imposible dormir por las noches y una tortura acudir al trabajo con las sienes latiendo a ritmos sincopados. Pero lo peor era que el ruido se había instalado en nuestra relación, obligándonos a Susana y a mí a decirnos las cosas que antes evidenciábamos a través del silencio. Volvieron los reproches, el horror vacui y la necesidad de verbalizar las decisiones.

– Esto no puede seguir así – dijo Susana un día.

Y yo, que entendía mejor que nadie sus silencios, malinterpreté sus palabras. Así, en lugar de hacer las maletas envenené las reservas de aguardiente de los nuevos vecinos.

Pero ya ni el silencio podía salvarnos. Y luego estaba el tema de los cargos por homicidio…

Autor : Erre Medina

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