El diario de Crusoe

el diario de crusoe - relatos breves fritos

Jueves, uno de febrero de 1709

“Permanezco durante una pequeña eternidad acodado en la baranda del barco, febril y aturdido, tratando de no entorpecer la actividad de los marineros que me han rescatado. La isla es ya un borrón improbable tras el mar encrespado.

“Me confirman que he permanecido más de diez años al margen del tiempo, sobreviviendo como un animal mientras era dado por muerto. ¡Diez años perdidos! Bien pudieran haber sido un centenar a tenor de la faz que me devolvió el espejo hace unos instantes, cuando acepté el amable ofrecimiento del capitán de tomar un baño. Y mientras contemplaba mi rostro enjuto, quemado en mil capas por un sol inmisericorde, por primera vez el recuerdo de Margaret me sobrevino acompañado con la urgencia de las impostergables preguntas. ¿Habrá de suponerle el reencuentro con su antiguo prometido algún dolor añadido al que le ocasionó el persistente convencimiento de mi muerte? ¿Soy acaso el que ella ya no espera, tengo algo que ver con el joven que zarpó rumbo a África, cargado de sedas y ambiciosos sueños? ¿Tengo derecho a exigir el cumplimiento de la palabra dada, o en su caso a reprochar que haya forjado su felicidad sin mí?

“Mil veces estos años, mientras maldecía atormentado por el hambre la pesca escasa y las interminables semanas de lluvia, había soñado con volver. Pero era mi soñado retorno algo etéreo, despojado de consecuencias, un mero retomar la jornada de anteayer tras la pertinente algarabía del regreso inesperado. Comprendo ahora, tras rellenar con los años perdidos las expectativas, que en el que fuera mi hogar me aguarda mayor incertidumbre que bajo la frágil techumbre de cañizo en que he malvivido la última década.

En este punto se interrumpía la narración, y el capitán de fragata Donald Stevenson dejó el diario sobre la mesita del camarote vacío. No necesitó que le confirmaran que Crusoe ya no estaba a bordo, era evidente que había saltado por la borda. Deseó de todo corazón que aquel pobre diablo fuera capaz de encontrar por segunda vez su isla desierta, o que al menos hallara la paz entre las agitadas aguas que le sirvieron de paisaje y prisión.

* * *

Exhausto por el inhumano esfuerzo, se desplomó sobre la arena cálida de la isla. El rumor del mar le dio la bienvenida con su familiar murmullo sincopado. A punto de dejarse llevar por el dulce sueño, supo de repente que no estaba solo y se incorporó de un brinco.

El otro le miraba con ojos desmesurados, a medio camino entre la locura y el pánico. Tenía el cuerpo enjuto, castigado por años de hambre, soledad y sol inclemente. Vestía los mismos o similares jirones que había portado él mismo durante su estancia en la isla, y empuñaba con gesto amenazador una lanza toscamente tallada. Se observaron en silencio durante horas, examinándose con expectante recelo. Era el dos de febrero del año de nuestro señor 1709, viernes.

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