El ganador del juego

el ganador del juego

– Veinticinco, veintiséis….

La voz de mi hermano mayor se descomponía a mis espaldas, retorciéndose sobre sí misma al rebotar insegura entre los pasadizos y estructuras de la Colmena, tanteando posibilidades remotas mientras yo corría y corría buscando un lugar donde no me hubiera escondido antes o donde a Rafa no se le pasara por la cabeza volverme a buscar.

Las reglas del juego eran nítidas: el que busca cuenta hasta cien y luego dispone de cinco minutos para encontrar al otro. No se puede cambiar de escondite una vez se ha escogido uno, y está prohibido tanto salir de la estructura que conforma el bloque de edificios conocido como la Colmena como introducirse en ningún portal.

– Cuarenta y uno, cuarenta y dos….

Se me acababa el tiempo, y allá donde mirara (un pilar, el perfil de una escalera, la jardinera estructural donde se anquilosaban un par de arbustos olvidados) sólo era capar de imaginar a Rafa señalándome con triunfante superioridad un minuto después. Las sienes me latían por el esfuerzo y la adrenalina.

Entonces reparé en el callejón.

Era apenas un resquicio entre dos edificios, la mínima expresión de un derecho de luces y vistas salpicada por aparatos de aire acondicionado y ventanucos que desahogaban cocinas y lavabos. Habitualmente el pasadizo permanecía vedado al paso por una cancela de hierro oxidado, pero esa gélida mañana de invierno por lo visto a alguien se le había olvidado  echarle el aparatoso candado que solía cruzarla.

No me lo pensé. Seguramente me acabaría llevando una buena bronca por parte de alguno de los encargados de mantenimiento, pero cualquier precio me parecía pequeño ante la cara de estupefacción de mi hermano mayor cuando, incapaz de encontrarme y vencido el tiempo de juego, me viera salir del callejón.

–        Setenta, setenta y uno….

El problema del pasadizo, tal como demasiado tarde descubrí, era que discurría en una recta interminable carente de cualquier objeto o saliente tras el que pudiera uno ocultarse. Pese a que había ajustado la cancela para que pareciera cerrada a primera vista, si Rafa miraba en mi dirección me vería con toda seguridad.

Y yo no estaba dispuesto a perder una vez más, determinación que –como en breve se verá- suele ser la antesala de no pocas tragedias.

Sucedió que, casi al final del trayecto y como correspondiendo a mis súplicas, descubrí el agujero. Era apenas un boquete en la pared,  poco más que una madriguera, pero con el diámetro suficiente para que un renacuajo como yo se introdujera antes de ser descubierto.

Un instante después me encontraba gateando por el estrecho túnel, que sorprendentemente parecía no tener fin en su descenso. No tardé en quedarme completamente a oscuras, lacerándome las rodillas contra un lecho de piedras y hojas podrídas, y sin embargo en ningún momento pensé en detenerme.

–        Noventa y nueve, y cien. ¡Voy a por ti, enano!

La voz de mi hermano se descomponía a mis espaldas, un barullo de frecuencias graves sin sentido que ya no podían alcanzarme en mi interminable punto de fuga. Antes de que la falta de oxígeno me sumiera en un sueño sin retorno supe que había ganado el juego. Y que nadie más que yo lo sabría nunca.

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