La caja de ceras

La primera vez que vieron al artista, Asunción y Carlos paseaban –los dedos entrelazados, los relojes en la mesilla del apartamento- por la avenida marítima. Era jueves de mercadillo en la pequeña población turística, y a duras penas conseguían avanzar entre el gentío. El pintor exponía sus dibujos entre un puesto de venta de charcutería local y otro de ropa interior femenina, lo que confería a sus paisajes y retratos un cierto aire de producto perecedero y descontextualizado.

Fue Asunción quien se detuvo para apreciar con la debida diligencia los trazos sobrios y elegantes con que el artirsta estaba plasmando el rostro de un niño que unos metros más allá comía con delectación un helado. El pintor había esparcido sobre su mesa de trabajo un buen número de ceras de colores al volcar una cajita de cartón forrada de estaño, y a una velocidad pasmosa iba dotando con ellos de matices las mejillas, el iris deslumbrado de los ojos, los mechones de pelo apelmazados por el salitre del mar… Se hubiera quedado la mujer un buen rato allí plantada, por ver cuánto era capaz de arrancarle el dibujante a la realidad, pero Carlos tironeaba de ella con creciente insistencia, impaciente por llegar al chiringuito antes de que se llenara y tuvieran que tomar el aperitivo de pie.

Volvieron a tropezarse con el artista la última noche de sus vacaciones estivales. Estaba el matrimonio cenando en silencio en una terraza con vistas al mar, bajo un techo de paja y hojas de palmera, asimilando ambos el inminente retorno a la rutina y tratando de engañar la creciente angustia con vanos propósitos. El pintor, ajeno a sus tribulaciones, iba de mesa en mesa, ofreciendo la posibilidad de retratar a los comensales a cambio de veinte euros.

Carlos, siempre tan reacio a ser el centro de atención, se negó en un primer momento, pero ante la insistencia de Asunción accedió a que el artista les dibujara. Sacó éste de su mochila la cajita de cartón con las ceras, y sin abrirla la agitó con energía cerca de su oído derecho. No pareció satisfecho ante el sonido que acababa de provocar, así que sacudió la caja un par de veces más sin dejar de mirar a la pareja. Finalmente abrió la tapa y extrajo las cuatro ceras que había en su interior, depositándolas sobre la mesa del restaurante.

Tardó apenas diez minutos en dibujarles, y el resultado, sin ser espectacular, bien merecía los veinte euros que Carlos abonó con gesto adusto.

Cuando regresaron a Ciudad, Asunción encargó un marco sencillo para albergar el retrato, y lo colgó en la sala de estar. Lo miraba por las mañanas, cuando Carlos salía camino del trabajo sin apenas desayunar, buscando en las sonrisas forzadas y desvaidas algún doble fondo que le convenciera de que ese instante formaba parte de su exigua colección de momentos felices, tratando de convencerse de que el brazo semirígido que rodeaba sus hombros era algo más que un boceto incómodo, que una pose impuesta. Pero al dibujo, igual que a ellos, le faltaban colores, tiempo, alma.

Aún no había anunciado su llegada el otoño y ya su matrimonio había vuelto al punto en que se encontraba antes de las vacaciones. Luego, claro, empeoró. Poco a poco la deferencia y la buena educación dieron paso a la frialdad más absoluta. Carlos no disimulaba su total falta de interés hacia ella, como si tomara distancia para acabar de soltar el mazazo final a su relación sin resultar salpicado.

Fue generoso con ella en el acuerdo de divorcio, como lo suelen ser los que aún no se han acostumbrado a sentirse culpables: le cedió el usufructo de la vivienda y una pensión que le permitiría ir tirando si la gestionaba bien y la alternaba con el par de domicilios particulares que limpiaba desde hacía tiempo. Supo luego lo que debía haber adivinado antes, que Carlos tenía desde hacía tiempo una aventura con una compañera de trabajo, la cual le venía apremiando para dar carta de naturaleza a su relación.

Así que Asunción se vio un buen día haciendo suya la casa que antes fue el hogar de los dos, sustituyendo los huecos que dejaron las cosas de Carlos y haciendo desaparecer recuerdos y puntos de fuga. Al descolgar el retrato lo miró como quien descubre un traidor en su círculo más íntimo. Se le metió en la cabeza que su pobre despliegue cromático, de alguna manera, había acabando por decolorar su relación de pareja, y tanto se obsesionó con tan absurda idea que, cuando llegó el siguiente el verano y pese a que su economía doméstica ni era ni se presumía a corto plazo boyante, decidió acudir a la misma población costera donde disfrutó de sus últimas vacaciones de casada.

No dio con el pintor en el mercadillo de los jueves. Su plaza había sido ocupada por un puesto de sombreros de cáñamo y abanicos, y tampoco había rastro de él ni de sus dibujos en el resto de tenderetes. En vano trató de distinguir su silueta deteniendo la salida del sol a golpe de trazo en algún punto del paseo marítimo o incluso más allá del espigón. Desesperaba ya Asunción de encontrarlo cuando, una noche, tomando un margarita en la terraza con techos de palmera y paja donde de alguna manera todo comenzó, lo vio deambular entre las mesas con la sonrisa solícita y distante de los artistas callejeros. Se detuvo el artista a escasos cuatro metros de donde se encontraba ella, requerido por una pareja de maduritos británicos ciertamente achispados. Tomó asiento ante ellos e inició el consabido ritual de agitar frente a su oído derecho la cajita de cartón forrada de estaño, volcando luego sobre el mantel de celulosa una docena larga de ceras que fue aplicando con mimo y dedicación sobre el papel granulado. Y cuanto más se parecía el dibujo a los sonrientes modelos, más sentía Asunción crecer su rabia.

Cuando el artista finalizó el encargo y llegó a su mesa, ella le plantó a escasos centímetros de sus narices el arrugado retrato que había llevado consigo durante más de una semana.

– ¿Por qué sólo utilizó cuatro colores para pintarnos?

El artista sonrió con una mezcla de tristeza y cansancio, como si se pasara la vida respondiendo la misma pregunta:

– Porque hay realidades tan inconsistentes que apenas precisan color.

Y dicho esto siguió dibujando a los comensales, agitando previamente su cajita de cartón y derramando luego cada vez sobre las mesas un número distinto de ceras.

Autor : Erre Medina

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