La fábrica

Pumarega se ocupó del recuento. Con voz engolada fue pasando lista por orden alfabético a los convocados y haciendo después las muescas pertinentes en una libreta de papel cuadriculado que a duras penas podía iluminar con una enorme linterna naranja. Si tras escuchar su apellido el aludido no contestaba “presente” o “aquí”, se dejaba sentir un heterogéneo murmullo de desaprobación entre los chicos, acompañado de onomatopeyas y juramentos.

Y es que los doce años son una mala edad para los cobardes.

Resultamos ser finalmente dieciséis los alumnos del prestigioso colegio privado Santís y Crevillente que nos atrevimos a quedar en una plazoleta al pie de la fábrica aquella medianoche sin luna. Nadie había pedido, por supuesto, permiso en casa.

La inmensa construcción, tan sobria en su concepción, tan siniestra en su leyenda, se alzaba ante nosotros con sus muros interminables de ladrillo rojo, salpicados aquí y allá por ventanucos de gruesos cristales esmerilados protegidos por barrotes. La fábrica había sido levantada en el municipio durante el segundo tercio del siglo veinte, dentro del contexto de esa ola de progreso que iba a transformar un país dependiente del sector primario y el turismo en un lugar próspero y autosuficiente. Sin embargo, a la hora de la verdad su incuestionable influencia tan sólo sirvió para fomentar las desigualdades entre la población, que no tardó en verse dividida entre aquéllas familias cuyos varones generación tras generación se ponían el característico mono gris que les identificaba como operarios, y aquéllas otras que o bien estaban instaladas en los consejos de dirección o de accionistas de dicha institución, o bien podían permitirse el lujo de vivir de otra cosa.

En mi caso, tanto mi padre como el suyo y antes su abuelo habían instalado sus vidas en el estrecho lapso que distaba entre los cantos de sirena que anunciaban la hora de salida y la de entrada del trabajo. Nunca quisieron compartir con el resto de la familia de qué manera las interminables jornadas mal retribuídas les habían ido convirtiendo en viejos prematuros de mirada apagada, pero sí recuerdo a mi padre llorando como un niño ante el lecho de muerte de abuelo, jurando que ni yo ni ningún Comarubia más pisaría la fábrica.

Y allí estaba yo unos años después, cual desagradecido impostor, vestido con ropas caras adquiridas a golpes de sudor ajeno y dando caladas a un cigarro de rubio americano frente al puesto de trabajo de mi viejo, codeándome con los retoños de esos hombres que nunca tuvieron que ponerse un mono gris, para los que visitar la fábrica consistía en comprobar si  las viejas historias de laberintos y fantasmas eran ciertas,  y que por supuesto en caso de averiguar mi procedencia social a buen seguro me harían el vacío, o cosas peores.

Y es que los doce años son una mala edad para ser sincero, al menos si eres más pobre que tus compañeros de clase.

-Bueno, mariquitas. ¿Vamos a entrar o qué? Se me están congelando las pelotas. – Soltó Arias sin dirigirse a un interlocutor concreto, si bien todos teníamos muy claro quién decidiría cuándo podíamos volver a casa.

-Por hablar. Haz los honores – respondió Sarmiento, extendiéndole una llave enorme de negro metal que a buen seguro le había robado a su padre, director emérito del recinto que nos habíamos propuesto profanar.

Arias no rechistó, si bien tardó un poco más de lo necesario en aceptar la llave. Con ella a prudente distancia del tronco subió el tramo de escalones de cerámica y barro que morían a los pies de un impresionante portón de más de cuatro metros de altura, hecho del mismo metal y color que la llave y con las hojas rematadas por sendos bajorrelieves que pretendían reproducir diferentes escenas de artesanos y forjadores. Contra todo pronóstico la llave giró dentro de la cerradura sin hacer ruido alguno. Los dieciséis nos quedamos parados frente al pozo insondable de negrura que franqueaba la puerta.

-¿Algún voluntario para abrir la marcha o lo echamos a suertes? -preguntó Sarmiento.

Ante la falta de héroes decidimos optar por la segunda opción, para lo cual Pumarega, que había adoptado definitivamente el rol de secretario-fedatario de nuestra correría, apuntó los dieciséis apellidos en sendos papeles, que luego dobló e introdujo en una bolsa. Tras removerla de manera ostensible ante todos y arrogarse también el rol de mano inocente, procedió luego a extraer un papelito.

Salió mi apellido.

-Lleva tú mi linterna –me ofreció Sarmiento, en un gesto de nobleza poco frecuente en él. – Ilumina más que este trasto viejo que has traído tú.

Decidido a que el miedo y la aprensión que sentía no trascendieran a través de ningún gesto, acepté el intercambio de linternas y sin mirar atrás me adentré en una sala enorme de suelo ajedrezado que hasta donde alcanzaban mis conocimientos sobre la fábrica servía de punto de partida  a varias docenas de pasillos que conducían a los distintos departamentos, como si se tratase del distribuidor de una colosal colmena. Un leve olor a lejía y petróleo flotaba en la espesa oscuridad. El silencio era hosco y oprimente, pero me forcé a seguir avanzando.

La puerta principal se cerró de golpe a mis espaldas, con un estruendo aterrador que pareció conmover los cimientos de la construcción. Volví sobre mis pasos a grandes zancadas, mientras escuchaba como desde el otro lado mis compañeros de clase cerraban con llave el portón.

-Vete acostumbrando a tu futuro puesto de trabajo, Comarubia. – Gritó desde el exterior Sarmiento -¿Quién sabe?, igual te encuentras con el antepasado de algún familiar tuyo.

Les escuché marcharse entre risas, y supe que no volverían a por mí (y que mi futuro académico se iba a desarrollar en una celda de aislamiento social). Por si fuera poco, la linterna que me habían dado no tardó en quedarse sin pilas, sumiéndome en la oscuridad absoluta que mis “amigos” habían planeado para mí.

Intentando no sucumbir al pánico, decidí que lo más sensato era limitarme a esperar que con la nueva jornada laboral los trabajadores de la fábrica me descubrieran. Sabía que nada iba a impedir la bronca de mi padre, totalmente justificada por otra parte. Sintiéndome el despojo de ser humano más estúpido y despreciable del mundo me senté en el suelo gélido, tratando de respirar de forma regular y profunda, y allí permanecí durante un tiempo que no supe concretar.

Entonces escuché las voces.

Primero pensé que eran mis compañeros de clase, que habían venido a poner punto y final a la broma, o quizás a continuarla. Pero las voces no provenían del exterior, sino de algún punto inconcreto de la gran sala situado a mi izquierda. Tal vez se tratase de algún trabajador haciendo un turno de noche, o de un vigilante, o de alquien que en definitiva me pudiera sacar del enorme edificio a tiempo para acostarme en mi cama antes de que se descubriera mi ausencia.

Caminé, pues, en dirección a donde sonaban las voces. Eran al menos dos, y una pertenecía a una mujer joven. Por las risas sofocadas y los cuchicheos cómplices estaba claro que su presencia en el edificio no se debía a motivos laborales. Finalmente los distinguí bajo lo que parecía ser un claustro, ella sobre él, en inconfundible escena. Esperé a prudente distancia, oculto tras unas cajas de madera, sin quitarles ojo, la incipiente excitación y las ganas de salir de aquel maldito lugar contrarrestando cualquier acceso de mala conciencia.

Fue el nombre del amado en los labios de ella o el contorno del joven resuelto por las primeras luces del alba, pero el caso es que de golpe la verdad se abrió paso entre mis sentidos entumecidos.

Aquel joven que mesaba los cabellos de su enamorada era yo, con apenas nueve o diez años más de los que yo en ese momentó tenía. Y, en el paroximo de lo imposible, tampoco ella me resultaba desconocida, no en vano llevaba toda la vida enamorado de mi vecina Laura.

No sé en qué momento salí de mi escondite, pero lo siguiente que recuerdo es estar de pie frente a los amantes. Durante unos instantes mi mirada se encontró con la mirada apagada que tendré dentro de varios años. Y,  cual si más que reflejarme me vertiera en un espejo tan imposible como inevitable, acepté lo que estaba por venir. Me rendí, o quizás me sacrifiqué, a la vista del mono de trabajo gris que sucio y arrugado reposaba junto a los cuerpos o del incipiente embarazo de mi futura esposa.

Murieron al instante los sueños y lloré en silencio, perdida toda esperanza de un futuro que nunca fue posible.  Sonó entonces estridente la sirena, y me apresté a salir.

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