La mitad de la suerte

Lo mínimo que puede uno pedir cuando decide dejar atrás todo su mundo conocido es que parte de ese mundo conocido no ocupe el asiento contiguo del autocar en que emprendes la partida. Y menos aún si quien ocupa ese asiento es alguien como Delfín Gómez.

Tenía el hombre fama entre el resto de vecinos de ser un pirado con poca querencia a la higiene personal y al trato con el semejante. No se le conocían en los últimos tiempos trabajo, familia ni ideología, y las contadas veces en que me lo había topado en el rellano – vivía pared con pared respecto al piso de mis padres-  el señor Gómez despachaba el encuentro con un saludo brusco que en nada invitaba a entablar una conversación.

Por eso me sorprendió el aparente buen humor con que acogió la casualidad que nos había convertido en compañeros de trayecto.

-Caramba, señor V punto Vázquez. Diríase que me está usted siguiendo.

-¿V punto Vázquez?

-Su buzón…

-El nombre es Víctor.

-Delfín, aunque si me está siguiendo no será poco lo que sabe sobre mí.

Soltó una risotada que no me dejó claro si hablaba en serio o no, y acto seguido pareció perder cualquier interés en mi persona, quedándose anclado en sus propias reflexiones. Traté de hacer lo propio mientras el autocar me arrancaba de las calles que hasta ese momento habían sido mi único paisaje conocido. Anochecía, y la nostalgia acabó desembocando en un sueño azul cobalto tachonado de recuerdos falsos.

Cuando desperté, mi compañero de viaje garrapateaba con velocidad enfermiza trazos indescrifrables sobre una libreta. Se detuvo al notarme en vigilia y se apresuró a introducir el cuaderno en el lateral de una desvencijada bolsa de deportes que reposaba junto a sus pies. Tomando sin duda mi extrañeza por algún tipo de interés, esbozó una sonrisa ladina.

-Ideas para una novela. Un cuento, a lo mejor.

-No tiene que darme explicaciones.

-Bien pensado, ya que el destino le ha puesto ahí, a mi vera, igual me puede ayudar.

-Me temo que…

-Si es muy sencillo: yo le planteo una trama, y usted me indica cuál es a su juicio el desenlace lógico.

-No soy muy bueno en estas cosas.

-Quedan muchas horas de viaje. Será divertido.

-Si insiste.

Les reproduzco a continuación, tal como lo recuerdo, el relato de Delfín Gómez:

“Un día cualquiera, al volver de su trabajo, nuestro protagonista -¿puedo llamarlo señor X?- se encuentra sobre la mesa del comedor de su casa un millon de euros. Uno encima del otro, en billetes de cincuenta, en fajos de diez mil. Cien fajos en una bolsa de deportes.

“La primera reacción del protagonista – ¡tal es la naturaleza humana!- no es de alegría, sino de extrañeza. El señor X vive solo, no tiene servicio doméstico ni familia que posea una copia de su llave. El, desde luego, se acordaría de haber depositado un millón de euros sobre la mesa, entre otras cosas porque ni en sueños podría reunir tanto dinero. En posterior y meticulosa comprobación nuestro hombre constatará que la puerta principal, así como las ventanas que dan a la calle, están cerradas y no presentan signos de haber sido forzadas.

“Le sobreviene luego, vaya usted a saber por qué, el súbito convencimiento de que los billetes son falsos, y extrae uno de su fajo. Al tacto y al trasluz parece bueno, pero ¿qué sabe el señor X, instalador de gas, sobre falsificaciones? Decide, tras mucho pensar, ir al banco. Con su expresión más inocente le dirá a Lupita, la chica de caja, que quiere hacer un ingreso de cincuenta euros. Si el billete es falso, pondrá cara de abochornada sorpresa mientras farfulla cualquier excusa y se deshará de todos los demás.

“Así lo hace, pero tras las pertinentes comprobaciones rutinarias el billete de cincuenta resulta ser auténtico. Es entonces cuando al señor X le asalta con un escalofrío una idea tan disparatada como insoportable: quien depositó el dinero en su casa puede haber vuelto a entrar aprovechando su ausencia y quitárselo. Sin despedirse de Lupita sale a la carrera del banco y no se detiene hasta comprobar que la bolsa de deportes sigue sobre la mesa del comedor, con todo su contenido intacto.

“Asumido por fin que tiene una pequeña fortuna sobre la mesa, trata el señor X de analizar las causas más probables de tan inexplicable suceso, y ello le lleva ante la posibilidad de poner el incidente en conocimiento de la policía, por si el dinero es fruto de un robo. No era insensato pensar en la tesitura de un ladrón que, sabiéndose a punto de ser atrapado, se deshace del botín depositándolo en la vivienda de un inocente. Consulta nuestro hombre bajo dicha premisa toda la prensa local, pero no encuentra referencias a un golpe en metálico por una cantidad tan concreta. Por supuesto, la ausencia del posible delito en las noticias no es concluyente, se dice, pues por todos es sabido que desde hace tiempo los robos –salvo los especialmente truculentos- no atraen la atención de los lectores y por ende han ido dejando de publicarse. En cualquier caso, poner los hechos en conocimiento de la policía entraña que en el mejor de los casos le requisen el millón de euros, algo a lo que no está dispuesto el señor X si no viene aparejado a la resolución del misterio. Eso por no hablar de que esa acción le puede convertir en una especie de sospechoso a futuro, presunto culpable de cualquier actividad delictiva cuyas piezas no encajen en otro molde.

“En parte por lo expuesto tampoco se atreve nuestro protagonista a gastarse el dinero: ¿Y si sus dueños –legítimos o no- vuelven para reclamárselo? Sabían dónde lo habían dejado, y acreditado quedaba que ni entrar en su vivienda era para ellos un problema reseñable ni su reacción en caso de que el botín menguara se adivinaba inofensiva.

“Se convence al fin tras jornadas de mucho cavilar de que está siendo sometido a vigilancia, de que cualquier persona conocida o no que se acerque a él puede ser el dueño del dinero. Reduce así drásticamente las salidas de su casa: deja de ir a trabajar y de visitar a una frágil dama con quien había iniciado una prometedora relación. Finalmente sólo abandona la vivienda cuando el hedor de la basura acumulada se torna insoportable o le es necesario algún producto de primera necesidad.

“Por mucho que estira sus ahorros, llega un momento en que nuestro millonario se queda sin blanca. Pero ni aún así se plantea el señor X hacer uso de su inexplicable fortuna.

“Así es que la huída se convierte, al menos dentro de la cabeza de nuestro amigo, en la única salida posible. Un buen día sale a primera hora de casa, la bolsa de deportes con el dinero oculta entre las de basura. Desde el contenedor constata con disimulo que nadie le observa, y con paso ágil gira la esquina y se introduce en el taxi que ha pedido por teléfono.

“A medida que el señor X se aproxima a la estación de autobuses, la bolsa con el dinero entre las piernas, una creciente sensación de euforia y libertad se desata en su pecho. Mas hete aquí que al subir al autocar se encuentra con el otro protagonista de la historia. ¿Le importa si me refiero a él como señor V? Tomaré su silencio como un sí. El señor V es uno de los vecinos de nuestro protagonista, y como tal le debe haber sido sencillo tenerle controlado en todo momento ¡Dios, si ahora se me ocurre que le habría bastado con hacer un agujero en el tabique que separaba las dos viviendas para estar al tanto de todo, incluso de la huída que establa planeando!

No le extrañará al lector saber que a estas alturas del relato era yo consciente que realmente Delfín Gómez estaba narrando algo de cuya realidad no dudaba, algo que en su cabeza nos incumbía a él y a mí. Si a ello le unimos el brillo siniestro que habían adquirido sus ojos y el bulto sospechoso de su cazadora amarilla al que se había aferrado en algún momento inconcreto del relato, no se me tendrá por especialmente alarmista si digo que empezaba a temer por mi integridad física, lo que me impelió a interrumpir el relato.

-Señor Gómez. ¿Acaso está insinuando que yo tengo algo que ver con los hechos excepcionales que me está relatando?

-Le responderé con otra pregunta: ¿Sabe usted el porcentaje de probabilidades que hay de que una de las pocas personas que conozco en una ciudad de casi cinco millones de habitantes ocupe el asiento en el que está usted sentado?

-Probablemente alguna más que las de que alguien le deje un millón de euros en su comedor así porque sí.

Mi respuesta, si bien irreprochable desde el punto de vista de la estadística, no pareció desconcertarle más que unos segundos. Sentí al punto el frío contacto del acero en mi costado.

-Sólo le haré una pregunta más, señor V, y le advierto que le va la vida en ello. ¿Por qué me ha jodido la vida?

Supe que cualquier intento de negar mi participación en los hechos a los que se refería el señor Gómez, hubieran ocurrido o no, estaría no solamente abocado al fracaso, sino que conllevaría funestas consecuencias para mi persona. Sólo me quedaba seguirle el juego, y confiar en que mi ingenio y la suerte aceptasen acudir a mi rescate.

-Su tiempo se agota, señor V.

-Usted gana, Delfín. Ha sido usted la indeseada aunque necesaria víctima de una apuesta.

Por un instante la presión de lo que parecía ser una pistola menguó.

-¿Una apuesta? ¿Qué clase de apuesta?

-Una sobre la condición humana, usted mismo en su relato la ha hecho patente. Es sencillo, se elige un sujeto al azar -¿por qué no un vecino? – y se le enfrenta a un golpe de fortuna inesperado: un millón de euros caídos del cielo. ¿Qué hará? ¿aceptará su suerte y utilizará el dinero en procurarse una vida mejor, o por el contrario se tornará en un ser desconfiado y paranoico capaz de perder cualquier conexión con el mundo real para salvaguardar un tesoro que ni siente suyo ni va a disfrutar jamás?

Casi podía escuchar los engranajes mentales de mi vecino procesando, separando verdad y mentira, destilando consecuencias y –la pistola continuaba haciendo contacto con mi piel- recolectando culpables. Finalmente dijo:

-Muy bien. Está claro cuál ha sido el resultado en mi caso. ¿Qué pasa ahora?

Tenía que ser extremadamente cauteloso ahora. Cualquier desliz podía resultar fatal.

-Pasa que yo he ganado. Y usted también, obviamente.

-¡Explíquese!

-Muy sencillo: como ganador de la apuesta, me corresponde el cincuenta por ciento del dinero.

-¿Y la otra mitad?

-Es suya. Como compensación por los malos ratos.

Hasta a mí me sonaba huero y falso el discurso. Mi voz temblaba ostensiblemente, y mi historia no se sostenía por ningún lado.

-Me parece justo – dijo el señor Gómez, contra todo pronóstico.

Le miré de hito en hito, y sólo al ver emerger sus lágrimas de alivio comprendí que mi vecino sólo necesitaba una excusa, una coartada que le permitiera creerse con derecho a un golpe de suerte.

En uno de los lavabos de un sucio bar de carretera repartimos el dinero. Delfín Gómez estaba eufórico, y no paraba de hablar sobre planes y destinos que tenía en mente. Nos separamos con un largo abrazo: él continuaba viaje, yo decidí regresar a mi ciudad con mi parte del dinero, atento a cualquiera que hubiera podido ser testigo del intercambio.

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