La muerte que vendrá

Dicen que una de las dos primeras cosas que hacemos los tíos cuando nos sentamos ante un ordenador con conexión a internet es teclear nuestro nombre en un buscador. Yo pasaba de los treinta cuando me dio por escribir Gabriel+Aregay+Folch en Google.

Las primeras entradas eran las que cabía esperar: perfiles que me había abierto en algunas redes sociales, un blog sobre literatura que empecé años atrás y del que ya ni me acordaba, mi pequeña contribución a la lista de los ciudadanos que en 2008 no pagaron el impuesto de bienes inmuebles… Estaba por abandonar la búsqueda y dedicarme a la otra cosa que hacemos los tíos delante de un ordenador cuando uno de los resultados me llamó la atención.

Gabriel Aregay Folch (1982 – ?)
www.vidaymuerte.com/gabriel-aregay-folch
Nacido en Girona el 16 de julio de 1982, el funcionario de correos Gabriel Aregay Folch ha llevado una vida que merece ser conocida. Entra y averigua cómo nació y murió.

Supongo que será necesario dejar aclarado, a fin de que se entienda en su justa medida mi estupor, que ni soy un personaje público ni he hecho, proyectado o dejado de hacer nada que merezca la pena ser reseñado, por lo que el hecho de toparme con lo que parecía ser mi biografía no formaba parte de mis expectativas. Dicho esto, a nadie le sorprenderá que hiciera click sobre el hipervínculo, aún aferrado a la creencia de que por lo visto existía un tipo que se llamaba como yo, había nacido el mismo día y en la misma ciudad que yo y que pese a tener mi mismo empleo atesoraba respecto a mi humilde persona algún hecho diferencial a consecuencia del cual era merecedor de una semblanza como aquélla.

No es que esperara gran cosa,  pero el resultado no pudo ser más decepcionante. La página a la que fui dirigido al seguir el enlace no contenía dato alguno, salvo dos campos de texto y un botón de envío de formulario precedidos por la siguiente frase:

Si es usted Gabriel Aregay Folch y quiere recibir una foto de su nacimiento, indique el nombre de su primera mascota, introduzca a continuación su dirección de correo electrónico y pulse Enviar.

La parte racional de mi cerebro decidió tomar cartas en el asunto y me brindó una explicación plausible del pequeño misterio. Sin duda se trataba de algún script merced al cual se habría extraído de mi propio ordenador mis datos personales, los cuales a su vez me eran devueltos a través de la metadescripción que las páginas web diseñan para los buscadores. Sin duda la finalidad última del webmaster era hacerse con la dirección de correo electrónico de los incautos (téngase por tales a aquéllos que no hayan estudiado diseño web a distancia como un servidor) a fin de masacrarlos a base de spam.

Con este convencimiento, introduje en un campo de texto el primer nombre que se me pasó por la cabeza, y en el segundo una cuenta falsa de email. Tras enviar el formulario, la página se recargó y me brindó el siguiente mensaje:

Lo sentimos. Pepperoni no es el nombre de su primera mascota. Le quedan dos intentos.

Perplejo, me tomé unos minutos hasta llegar al convencimiento de que el nombre de mi primera mascota no figuraba ni en el microchip más remoto de mi ordenador. Luego introduje el nombre correcto, aunque mantuve la dirección falsa de correo electrónico. El mensaje que me devolvió me dejó helado:

Efectivamente, Run es el nombre de la primera mascota de Gabriel Aregay Folch. Lamentablemente, la cuenta de email no es correcta. Le queda un intento.

¡Al cuerno! Introduje los datos correctos sin pararme a pensar en las consecuencias. Un mensaje de felicitación me informaba de que se me había remitido la foto a mi correo. Efectivamente, en la bandeja de entrada estaba el mensaje de marras, con un fichero adjunto. Mi antivirus no detectó amenaza alguna, aunque al tratarse de la versión gratuita del software mi antivirus pasaría por alto un autocar de troyanos jubilados bailando la conga.

Sea como fuere, hice doble click sobre el archivo, y para mi pasmo aparecí en pelota picada con apenas unos días de vida en la pantalla del ordenador. Era yo, sin duda, y cuando mi lado racional ya tomaba carrerilla para tratar de averiguar cual de mis familiares directos me estaba tomando el pelo de forma tan retorcida caí en la cuenta de que esa fotografía no la había visto nunca, y eso que mi madre no pierde ocasión de confrontarme con mi pasado gráfico cada vez que la visito.

Decidí, no obstante, imprimir la fotografía para preguntarle si le sonaba haberla visto con anterioridad. Iba a cerrar el gestor de correo cuando reparé en el mensaje que acompañaba el archivo jpeg.

Estimado sr. Aregay:
Esperamos que le haya gustado la fotografía de su nacimiento que adjuntamos al presente mensaje. Si desea que le remitamos una foto de su muerte, haga click en el siguiente enlace.

Obviaré todo lo que pasó por mi cabeza en ese momento, y baste saber que hice click en el hipervínculo. Casi instantáneamente, un nuevo mensaje fue aunciado en la bandeja de entrada. El mensaje tenía un archivo adjunto.

Era tal mi estado de nervios que ni le pasé el antivirus antes de abrir el archivo de imagen.

Empecemos por lo importante: el presunto muerto que aparecía en la fotografía presentaba el rostro girado hacia atrás, por lo que era imposible adivinar de quién se trataba. La imagen mostraba un hombre que yacía inerte boca arriba en un callejón empedrado. Una mujer de larga melena negra estaba arrodillada a su lado, llorando con desesperación mientras le sujetaba los hombros en lo que parecía un vano intento por devolverle la vida o incorporarse a su muerte. El retrato guardaba cierto paralelismo con la pietá de Miguel Angel, aunque el hieratismo de la escultura brillaba por su ausencia aquí. La conexión de sentimientos entre el difunto y la mujer que le lloraba era íntima, antigua e indudable, lo cual sin duda constituía un alivio para mí, ya que no había visto a esa mujer –muy atractiva, por cierto- en la vida.

Más tranquilo, examiné con más detalle la fotografía. El callejón no me sonaba de nada, ni las ropas que vestía el cadáver formaban parte de mi fondo de armario. Lucía el difunto un reloj de oro demasiado ostentoso para mis gustos. El término “broma macabra” volvió a tatuarse en el hemisferio izquierdo de mi cerebro.

Al día siguiente ya casi había olvidado el incidente, y me fui de fiesta.

Y en la fiesta conocí a la mujer de la foto.

Me enamoré al instante, y como por ensalmo la perspectiva de morir –un día- en sus brazos no me pareció el peor de los destinos posibles.

Hoy hemos cumplido diez años de casados. Para celebrarlo me ha regalado un reloj de oro.

Autor : Erre Medina

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