La última celda

Cuando el extraño llegó, pese a todo, me sobresalté. Llevaba años esperándole y el estrépito que precedió en unos minutos su irrupción en mi celda era insoslayable, pero una cosa es asumir lo inevitable y otra muy distinta afrontar el momento del desenlace con impasividad.

Yo estaba de espaldas, la vista fija en la estrecha abertura por la que se filtraban los primeros rayos de sol. El hedor de mis excrementos, que tantos años de reclusión habían ido solapando, volvió de golpe a hacerse patente, y descubrí que aún era capaz de sentir vergüenza y preocuparme por la impresión que pudiera causar a los demás.

Hacía años que no tenía contacto alguno con otro ser humano, no sabría decirles cuántos, así que decidí cederle al otro la iniciativa del encuentro. Sentía la respiración del intruso en mi espalda, apenas a un par de metros. El tampoco dijo nada durante unos minutos. Sin duda estaba eligiendo las palabras adecuadas.

– ¿Se ve con ánimos de salir de aquí, señor Faus? –preguntó finalmente el extraño. Su voz sonaba sorprendentemente suave, dadas las circunstancias.
– ¿Y si no quiero?

Pregunté a su vez mientras me giraba con teatral presteza, así que no me pasó por alto la mueca de sorpresa del recién llegado. Era éste un hombre joven, demasiado para este tipo de trabajos (mejor para mí, pensé)

– Bueno, podríamos quedarnos un rato más y mientras, si le parece bien, me podría contar cómo acabó aquí.
– Tal vez lo haga si antes me explica por qué está usted en mi celda.
– Nos pidió su mujer que le sacáramos de este agujero
– ¿Ella está bien?
– Lo está. Su hijo también.
– ¿Están ahí fuera? – señalé al ventanuco.
– No. ¿Puedo sentarme?

Señalé con la cabeza una silla desvencijada que una vez formó parte de mi comedor. El desconocido se sentó sin mostrar aprensión alguna, lo cual me agradó. ¿Debía contarle mi historia? Probáblemente para él no tendría sentido, me tomaría por loco. El –hube de recordármelo- sólo quería sacarme de mi encierro y si acaso encajarme en alguna clasificación, hacerme un perfil, convertirme en una concatenación cronológica de causas y efectos con que rellenar un puto informe.

– Tiene aquí una buena despensa, señor Faus- dijo sin atisbo de ironía el joven mientras abarcaba con un gesto la montaña de latas.
– ¿Qué me pasará ahora?
– Nada que usted no quiera que le pase.
– ¿Eso incluye la posibilidad de quedarme aquí?
– Sabe que eso no es posible.
– ¿Por qué? Esta es mi casa
– No. No lo es.
– ¡Miente!

El visitante se levantó con brusquedad de la silla y empuñó mi viejo pico, que descansaba apoyado en una de las paredes. Me lo acercó, mientras con la otra mano señalaba la abertura por la que se colaba la luz del sol.

– Demuéstremelo – dijo.

Dudé. Me esperara lo que me esperase al otro lado de la última pared, no habría vuelta atrás. La luz lo impregnaría todo y tendría que volver a empezar, y ya no tenía fuerzas para volver a empezar. Pero por otro lado no podía darle la razón a aquel sujeto pretencioso y taimado que me obligaba a enfrentarme a mis miedos, así que empuñé el pico y con todas mis fuerzas descargué un golpe contra la pared. Se desmoronó como si fuera arcilla y el intenso azul me cegó. Empecé a temblar.

– ¿De qué tiene miedo, señor Faus?

No respondí. A medida que la luz se apoderaba de cada rincón, de cada miseria, notaba cómo mis viejos temores asimismo quedaban al descubierto. No tardaría la claridad en traer consigo el ruido insoportable, la insidia, los rostros de extrañeza, las acusaciones…

– Asómese y dígame si esta es su casa. –insistía el joven, mientras intentaba vencer mis reticencias encaminándome hacia la apertura con un brazo firme.

Me asomé finalmente. Desconcertado por la ausencia de casas, de calles, de suelo incluso, tardé un buen rato en descubrir que estaba al borde del barranco del Porís. El extraño sonrió cuando empecé a asimilar lo sucedido.

– Ha estado usted excavando en dirección oeste algo más de cien metros. Ha pasado por debajo de dos bloques de viviendas hasta que, literalmente, se le ha acabado el subsuelo al llegar al barranco.

Se me escapó una mueca a medio camino entre la ironía y la derrota. Tanto excavar para acabar desembocando en el abismo. Vencido, me dejé conducir por el joven a través de la galería que durante años había estado excavando sin descanso. Al final de la misma había una escalera de mano. Subí por ella hasta la cocina de la casa, que estaba tal como la había dejado mi mujer cuando me abandonó con el pequeño. Todas las ventanas seguían tapiadas, más no así la puerta, convertida ahora en un indecente boquete que derramaba luz y partículas de polvo sobre un montón de cascotes y trozos de madera.

Y tras la luz, los rostros tiznados de curiosidad y malicia. Vecinos y extraños, atraídos por la novedad, queriendo clasificarme, meterse en mi cabeza, meterse en mi vida de nuevo.

A instancias de varios fulanos con traje y corbata dos albañiles volvieron a tapiar la puerta de mi casa cuando salí. El secretario judicial dio fe de la efectividad del lanzamiento, y, concluido el desahucio, se montó en un coche con el extraño.

– ¿Qué me pasará ahora? –volví a preguntarle al joven a través de la ventanilla cerrada.
– Depende de usted. Es un hombre libre.

Le seguí con la vista hasta que giró a la derecha tras la que fuera mi casa, hacia el este. Entonces lo perdí.

Autor : Erre Medina

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