La última lágrima de Eva

Un día a Eva le dio por llorar, a mares, con esa vehemencia cíclica e incontrolable de los que no están acostumbrados a perder el control. Y yo, que nunca le había visto verter una sóla lágrima en más de una década de matrimonio, la seguía a prudente distancia como un cachorrillo desconcertado y solícito, sin atreverme a preguntarle si la causa de su llantina tenía algo que ver conmigo.

Mas si albergaba alguna duda respecto de mi implicación en el drama que se estaba desencadenando no tardó ésta en disiparse, porque la noche de ese día al que me refiero también le dio a mi mujer por revolver el contenido de mis cajones, olisquear mis camisas y leer entre grandes hipidos los mensajes de mi teléfono móvil, hasta que dio con los que sin duda andaba buscando. Entonces dejó de llorar, y yo me preparé para lo peor.

– Hijo de puta – murmuró al cabo de un rato, aplastando cada sílaba entre los dientes y sin apartar la vista de la pantalla. – Grandísimo hijo de la gran puta.

Lejos de conformarse con la mera constatación de sus sospechas, Eva se empapó de cada conversación de texto, de cada mensaje de voz, de las fotos subidas de tono, dejando que la incredulidad y la ira se retroalimentasen. Sólo cuando estuvo al tanto de todos los detalles de mi infidelidad se dio el gusto de estrellar el carísimo terminal contra el cabecero de nuestra cama.

Hice -por supuesto tarde y ya instalado en el arrabal de una derrota anunciada- las oportunas alegaciones en mi defensa, plagadas por cierto de vergonzantes lugares comunes: “Lo de Azucena no significó nada”, “no ha habido otras”, “yo sólo te he querido a ti”. Intentaba, mientras alternaba con solemnidad declaraciones y juramentos, buscar un contacto visual que me permitiera transmitirle a mi mujer la sinceridad de mi arrepentimiento y que al mismo tiempo impidiera que ésta acabara encontrando en mi cartera pruebas incriminatorias de otras infidelidades. Pareció durante un instante que había conseguido mi objetivo, ya que Eva cesó en su frenético registro y se giró hacia mí, mas fue sólo para clavar una mirada de hielo en un punto de la habitación que ya iba más allá de mi presencia y finiquitar con una frase mi soliloquio:

– Hijo de puta.

Fue la penúltima vez que me dirigió la palabra, ya que a partir de ese momento mi mujer decidió ignorarme sistemáticamente. Se acostaba en el sofá, no me preparaba la comida ni me lavaba mi ropa, y si me la cruzaba por el pasillo me arrollaba como si yo fuese una cucaracha inmunda sin derecho a la vida ni preferencia de paso.

Recuerdo que pensé, a la luz de ese razonamiento inconsistente que desarrollamos los hombres acomodados, que todo volvería a su cauce por sí mismo, que un incidente aislado no podía variar el curso de un matrimonio sedimentado en años de felicidad. Y casi estaba por creerme mis propias patrañas cuando se personó en mi domicilio la familia de Eva, recién llegada de Santander para mi crucifixión.

Nadie se sorprenderá si digo que tras las pertinentes andanadas de gravísimos insultos hacia mi persona y algunos “ya te lo dije” destinados a socavar el buen criterio de mi esposa, fui declarado por mi familia política culpable de adulterio y condenado a pena de exilio y oprobio permanente no revisables. Refrendaron la sentencia amigos comunes y privativos, compañeros de trabajo y vecinos, y hasta mi propia familia. Todo mi mundo conocido fue desfilando a un tiempo por el domicilio conyugal para alinearse con la engañada y escupirme de forma individual y/o corporativa su más irreversible decepción y desprecio.

Huelga decir que a mí todo aquello me parecía excesivo. Había cometido un error, no lo niego, pero en modo alguno de tal calibre o excepcionalidad que me hiciera merecedor de una lapidación tan implacable y compacta. Opté por encerrarme en el vestidor, a fin de amortiguar en volumen y frecuencia la avalancha de improperios y evitar la tentación de un linchamiento.
Allí me encontró Eva a la mañana siguiente, acurrucado como un bulto culpable.

– Fuera de mi casa – me largó, con calmada determinación.

No tardó en desproveer al que fuera nuestro hogar de cualquier vestigio que delatara mi paso y estancia en el mismo. Quemó nuestras fotos en común, rompió mis trofeos de caza, mis discos de vinilo de los Sabandeños, reemplazó la cama de matrimonio y donó mi ropa a la parroquia. Y ya no volvió a llorar ante mi tumba.

Autor : Erre Medina

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