La vida del otro

Lo peor no era la cara de terror con que me miraba el tipo mientras le pegaba una y otra vez. Tampoco las consecuencias que mi desproporcionado acto de violencia sin duda me acarrearía. Ni tan siquiera el hecho de no reconocerme en la acción.

No. Lo peor era que no podía parar. Que la decisión de matar a aquel tío o meramente dejarlo sin dientes no dependía de mí.

Sino del otro.

Diría que había empezado a notar su presencia esa misma mañana cuando iba camino del trabajo. En el autobús, el típico imbécil que considera más importante utilizar las dos manos para leer el periódico que agarrarse a la barra trastabilló a consecuencia de un vaivén del vehículo y me pegó un doloroso pisotón. En lugar de la comedida reprimenda con que hubiera acogido sus disculpas apenas unas horas antes, empujé al imbécil con tanta fuerza que se dio un buen coscorrón contra la barra.

A ese episodio siguieron otros, a cual más desagradable: Marquitos, un muchacho con síndrome de down que realiza funciones de ordenanza en la oficina, recibió en toda la cara el impacto de un expediente que por error había depositado sobre mi mesa. Después le llegó el turno a Marta, que supo de primera mano el efecto que su forma de vestir provoca en mi entrepierta. Y, por supuesto, de no ser por Chano la controversia con mi jefe hubiera pasado a mayores y hubiera implicado mi fulminante despido y varios puntos de sutura para cierto sapo incompetente con ínfulas.

– Vamos a tomarnos una cerveza al Zodiac, te tranquilizas y me cuentas qué cojones te pasa – me dijo Chano.

Y ahí estaba yo diez minutos después, en el Zodiac, reventándole la cara al camarero por tardar más de la cuenta en atenderme. Ahí estaba yo, aunque disociado el cuerpo y la voluntad. Mi cerebro transmitiendo órdenes que mis brazos no atendían, el espejo devolviendo una mueca sádica que nada tenía que ver con el horror que sentía ante la agresión que era incapaz de detener.

A duras penas consiguieron los parroquianos echarme del bar. A duras penas conseguí contenerme y no volver a entrar para tomar las pertinentes represalias.

Decidí volver a casa.

O, para ser más exactos, el otro decidió ir a mi casa.

Supo, porque yo lo sabía, que a esa hora ya habría regresado mi mujer.

¿Cómo evitar que tus pies recorran el camino de vuelta tantas veces emprendido? ¿Cómo impedir que tus llaves abran la puerta, que tu voz responda al saludo de tu esposa? ¿Cómo contener los besos crecientes, las caricias que se tornan voluntad exigente, cómo acallar la voz que acalla las asustadas protestas?

– No quiero volver a verte – me dijo mi esposa, desnuda y magullada sobre la cama, un rato después. Estaba cansado, así que murmuré algo que podía interpretarse como una disculpa o como una amenaza y me dormí.

Cuando desperté no estaba en mi habitación, ni era mi mujer la que me traía el desayuno.

– Gracias –alcancé a decir, mientras unas manos que no eran las mías aceptaban una taza de café que con mal pulso me ofrecía la mujer.

Ella me miró, desconcertada, o para ser más exactos miró a través de alguien que no era yo intentando dar conmigo. Sonrió –tal vez por primera vez en mucho tiempo- y me dijo:

– Gracias a ti.

Luego hicimos el amor, suavemente, con dulzura.

Autor : Erre Medina

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