Las reglas del guardamuebles

Las reglas del guardamuebles son pocas y muy claras:

  1. Almacenamos lo que usted quiera, siempre que no huela, no haga ruido y no sea potencialmente nocivo o peligroso para terceros.
  2. No hacemos preguntas, ni queremos explicaciones, ni asumimos responsabilidades.
  3. Dispondrá usted de una llave de su trastero o contenedor. El guardamuebles, pese a contar con una llave maestra, se compromete a no utilizarla salvo el caso de darse la situación contemplada en el punto cinco.
  4. Si se produce el impago de una de las cuotas le enviaremos una carta certificada con acuse de recibo al domicilio que designe usted a tales efectos, exhortándole a que se ponga al corriente de pago.
  5. En caso de persistir la situación de morosidad durante quince días a contar desde la recepción del requerimiento, el guardamuebles procederá a subastar los objetos que se hallen en el interior del trastero o contenedor hasta cubrir el montante de la deuda, contactando con el cliente en el número de teléfono que a tal efecto deje indicado éste a fin de que acuda a retirar los objetos sobrantes o el dinero excedente en la subasta.
  6. De no acudir el cliente a retirar los enseres en un plazo superior a una semana, el guardamuebles quedará facultado para subastar el resto de pertenencias depositadas por aquél y/o a hacer suyo el dinero sobrante en la subasta.

Como habrán comprobado, ninguna regla prohibe que el propietario del guardamuebles pueda utilizar alguno de los objetos incautados a los clientes para chantajear a una tercera persona. Máxime si esa tercera persona es un político ampliamente conocido por su defensa de la familia tradicional y el objeto incautado unas fotografías –con sus negativos- donde se puede ver al susodicho en pleno acto amatorio con un imberbe jovencito.

Me costó menos encontrar las fotos entre el maremágnum de documentos del cliente moroso que decidir qué hacer con ellas.

Y es que ante la perspectiva de chantajear a alguien, a los primerizos en tan innoble arte se nos presentan dos cuestiones: una moral y otra referida a las repercusiones del acto. La primera la zanjé escudando la canallada propia en las faltas del prójimo, sin perder de vista a la hora de llegar a las pertinentes conclusiones la catastrófica situación económica del guardamuebles. La segunda cuestión era sin duda más peliaguda, bifurcándose a su vez en dos preguntas: ¿era la potencial víctima de mi chantaje tan influyente y peligrosa como la pintaba la prensa? y ¿quién había sacado esas fotos y con qué fin, y por qué tras ocultarlas en un guardamuebles había desatendido el pago de los recibos y los requerimientos para ponerse al día? No podía sustraerme a la sensación de que ambas preguntas estaban vinculadas de alguna manera, y que si no desembocaban en una explicación satisfactoria cualquier acción futura estaba abocada al desastre.

Decidí entonces llamar al teléfono que figuraba en la ficha del cliente. Me atendió una voz femenina.

– Pregunto por el señor Tadeo Páez.
– ¿Quién es usted?
– Llamo del guardamuebles. Es por el tema de una factura impagada. Les remitimos una carta…
– No sé de qué me está hablando.
– ¿Puedo hablar con el señor Páez?
– Mi marido murió hace casi un mes.
– ¡Ah! Lo siento.
– Ahora, si me disculpa, voy a colgar.
– Sólo una cosa. Disculpe que la moleste.
– …
– ¿De qué murió su marido?
– Le habían diagnosticado un cáncer las navidades pasadas. Era cuestión de tiempo.
– Comprendo. De nuevo le reitero mi más sentido pésame. En cuando a los enseres que depositó en el guardamuebles…
– ¿Hay algo de valor?
Esperaba la pregunta.
– No, salvo el que pueda tener para alguna persona concreta. No sé si usted…
– Haga con ellos lo que considere oportuno. Y ahora, si me disculpa…

Eso lo explicaba todo. Sin duda el tal Páez, a sabiendas de que no duraría mucho, tenía la intención de llevar a cabo el chantaje a fin de dejar económicamente cubierta a su familia. Ya saben, poco que perder… Seguramente el tiempo se le acabó antes de consumar sus propósitos, o vaya usted a saber si se arrepintió en última instancia. Lo importante –por lo que a mis planes se refería- era lo siguiente: su muerte no tuvo nada que ver con una represalia derivada del chantaje. Además, la viuda del finado me había autorizado para que diera a los enseres de éste la finalidad que buenamente me viniera en gana.

Así que decidí hacerlo. Llamé desde un móvil opaco al político, le puse las cartas sobre la mesa y le solté una cifra escandalósamente alta, que sorprendentemente fue aceptada sin demasiadas reticencias. Dos días después y mediante un intercambio que me pareció lo suficientemente rocambolesco para preservar mi anonimato, se hizo el canje: fotos y negativos a cambio de mi jubilación en billetes pequeños.

Todo parecía haber salido a pedir de boca. Durante semanas, empero, viví con la paranoica convicción de que en cualquier momento alguien del más oscuro entorno del político me demostraría de la peor manera posible que había sido identificado como el vil chantajista que era. Me sobresaltaba cada vez que se abría la puerta de la nave, no me atrevía a ni tan siquiera a poner en circulación un solo billete.

Y cuando finalmente empecé a asimilar que lo había conseguido, se produjo la fatal llamada.

Las reglas del chantajista eran pocas y muy claras:

  1. Debía hacerle entrega de todo el dinero que había obtenido mediante la extorsión al político.
  2. Caso de no hacerlo, éste recibiría una grabación en la cual se veía al propietario del guardamuebles recogiendo la bolsa de deportes con el dinero del chantaje.
  3. En modo alguno debía tratar de contactar de nuevo con el chantajista que se hacía llamar Tadeo Páez.

Autor : Erre Medina

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