No me sueltes la mano

Los dos hermanos recorren la feria ambulante cogidos de la mano. El mayor tendrá unos diez años, el pequeño menos de cinco. A duras penas pueden avanzar entre el anárquico y caprichoso trasiego de gente que circunda las atracciones y carromatos, entre el laberinto de colores, olores y barullo. Suena en la megafonía la voz de Tony Ronald cantando Help. Corre el año 1972.

– Rubén, ¿estás seguro de que sabremos volver? –pregunta el hermano pequeño.
– Por supuesto.
– Estamos muy lejos –insiste el menudo mientras mira alrededor, como buscando referencias que le resulten familiares.
– ¡No seas cagón!

Habían salido de casa una hora antes, su madre les dio una bolsa de tela y veinticinco pesetas y los mandó a comprar el pan. Pero durante el trayecto escucharon a lo lejos los inconfundibles sonidos de la feria, y en pos de ese hipnótico sonido se fueron alejando, alejando…

– ¿Aquello no es un puesto de castañas? – pregunta el hermano mayor mientras señala un carromato situado a unos treinta metros.
– No sé, desde aquí no veo. Hay mucha gente.
– Ten, las veinticinco pesetas que nos dio mamá, a ver cuántas castañas te venden por ese dinero.
– ¿Y por qué no vamos juntos?
– Porque estoy cansado. Mira, yo te espero en ese banco verde de ahí.
– Mamá siempre te dice que no me dejes solo.
– ¿Vas a ir o no, cagón?

Finalmente, lo ve perderse lentamente entre la multitud, mirando de vez en cuando hacia atrás con algo que pretende ser una sonrisa de determinación y es en realidad una mueca asustada. Cuando por fin desaparece de su vista, el hermano mayor se levanta del banco y emprende el camino de regreso a su casa, repasando mentalmente la historia que les explicará a sus padres, anticipando una infancia en que no tenga que compartir atenciones y afectos.

Cuarenta años después, frente a la casa de Palmira Vázquez, la popular reportera Lisa Pachecho narra en directo a la audiencia el insólito hallazgo que acaba de tener lugar en el inmueble.

– La crónica de los hechos, tal y como nos la ha narrado la policía, es la siguiente: la señora Vázquez falleció hace más de veinte años sin familia conocida y sin hacer testamento. En consecuencia, y tras un largo proceso judicial de competencias entre administraciones públicas, el ayuntamiento se convirtió en el heredero de la casa que están ustedes viendo a mi espalda. La intención, según se nos informa, era reformar el inmueble y convertirlo en un refugio para mujeres maltratadas, pero al iniciar las obras los operarios hicieron un descubrimiento que sólo cabe calificar de macabro. Y es que bajo la casa de la señora Vázquez –concretamente bajo la cama de uno de los dormitorios- se encontró una galería excavada a mano durante décadas y que desemboca, al parecer, en una gran sala subterránea decorada de forma extravagante. Pero ahí no queda la cosa: en dicha sala bajo tierra se ha descubierto un cadáver en avanzado estado de descomposición.

“Según fuentes consultadas, los restos mortales pertenecerían a un hombre al que todos los vecinos tomaban por hijo de la señora Vázquez, no en vano llegó con ella siendo un niño cuando se mudaron al barrio. Al parecer fue él quien excavó sin descanso durante casi cuatro décadas bajo la casa. Era este individuo –en esto coincide todo el mundo- una persona hosca y huidiza, de pocas palabras y extrañas actitudes. Se le podía ver a altas horas de la noche descargando sacos de tierra en un solar situado un poco más allá de donde me encuentro en estos momentos, o acarreando chatarra de todo tipo. Su comportamiento anómalo, nos dicen, se acentuó aún más cuando falleció la anciana con la que vivía.

“Si bien no se nos ha confirmado este extremo, fuentes próximas a la investigación barajan la posibilidad de que el difunto hubiera podido ser raptado siendo un niño por la señora Vázquez. Cotejando la base de datos de personas desaparecidas, al parecer la policía tendría fundados indicios sobre la identidad del cadáver y se habría puesto en contacto con el familiar vivo más cercano, un hermano de éste que –paradojas de la vida- reside a pocas manzanas de esta casa.

Rubén Cotino seguía en estado de shock. Lo estaba desde que esa mañana había recibido la llamada de la policía. A duras penas su mente, perdida en un torbellino de temor y culpabilidad, era capaz de filtrar frases como “la secuestradora trabajaba en la feria donde desapareció su hermano” o “No hay señales de malos tratos, pero a saber qué traumas acabaron minando la salud mental del pequeño Pablo”.

Flanqueado por dos policías, avanzó encorvado a través del túnel que en continuo aunque moderado descenso se alejaba de la casa. No había luces que acompañaran el oprimente camino; Rubén se estremeció pensando que su hermano había hecho ese mismo recorrido a oscuras durante todos estos años, con Dios sabe qué finalidad.

– Es seguro, no se preocupe –le dijo el oficial que le seguía, confundiendo el motivo de su angustia.

Finalmente llegaron a una sala enorme con forma circular, que en contraste con la galería que desembocaba en ella estaba sobradamente iluminada con bombillas de muy diversas tonalidades. De forma calculadamente caótica se repartían aquí y allá montañas de chatarra que adoptaban caprichosas formas. En las paredes, con vivos colores salidos de una mano inequívocamente infantil, se mostraban dibujos que simulaban un paisaje que a Rubén le erizó el espinazo.

– Encontramos a su hermano ahí, en ese banco verde – señaló el inspector. – Es curioso, falleció sentado, como quien está esperando a alguien.
– ¿Dejó alguna nota, algo que explicara todo esto? – balbució el hermano mayor con un gesto vago que pretendía abarcar el surrealista paisaje que construyera Pablo, la infernal reconstrucción de la feria que sólo Rubén lograba decodificar.
– Ninguna nota. Lo único que hallamos junto a su cuerpo fue un cucurucho lleno de castañas.

Autor : Erre Medina

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