Nosotros, que nos quisimos tanto

El día que empezaron las obras en la planta baja a Eva le dio por volver a cantar. A voz en grito. Tan pronto llegaban los albañiles a nuestra casa mi mujer abría las ventanas que daban al patio interior y –ataviada con un camisón que disociaba sabiamente voluptuosidad y celulitis- comenzaba a desgranar un repertorio tan trasnochado como autárquico.

– Es bien alegre su esposa – me soltaba con socarronería el jefe de obra, un boliviano barrigudo con voz de mezzosoprano.

Y Eva, que no perdía ripio desde la primera planta, se arrancaba entonces con un corrido mexicano, pretendiendo sin duda alcanzar por la vía de la aproximación geocultural el espíritu latino del operario.

Tras más de veinte años de matrimonio mi mujer y yo habíamos alcanzado la fase transversal de nuestra relación, esa en que casi todo lo que hacíamos tenía como correa de transmisión al otro, pero como destinatario final a un tercero conocido o por conocer. Consciente de ello, y tras una observación sobre mi deficiente estado de forma vertida por Eva cuando casualmente hacía su paseillo por la estancia un fontanero costarricense con el musculado torso al aire, decidí contraatacar.

La cinta de correr encajó como un guante en la habitación de la plancha. Tenía wifi, ventilador, un entrenador virtual y una repisa para la botella de Coca Cola. Comprobé sus beneficiosos resultados desde el primer día:

– ¿No tenías otro sitio donde poner ese chisme? Hace un ruido infernal – bramaba Eva desde la sala, fiel a su cita con la telenovela de las cinco de la tarde.

Así que a partir del segundo día limité mi actividad física a encender a media tarde la cinta de correr mientras cómodamente sentado en un taburete leía la prensa deportiva ataviado con mi chándal fosforito.

Por supuesto, la venganza de Eva no se hizo esperar. Tan pronto finalizaron las obras adoptó la costumbre de ausentarse del domicilio conyugal durante días, desapariciones que venían presagiadas por notas desconcertantes que me dejaba en la puerta del frigorífico.

Tienes la nevera llena. Yo salgo a comprar algo de vida.

Luego volvía. Siempre. Traía un color de piel envidiable, el estado de ánimo en pie de guerra y muchas bolsas. Se pasaba luego los días suspirando por los pasillos, siempre pendiente del móvil, hasta que finalmente un nuevo post-it en la nevera con algún apotegma sacado de una galleta de la suerte dejaba constancia escrita de su inminente partida.

Por supuesto, no me quedé quieto ante tan flagrante disrupción de nuestra rutina conyugal. Creo que tuve un gatillazo con casi todas las prostitutas de Ciudad, aunque lo importante no era consumar las infidelidades, sino corresponder a la intención de Eva de joderme en cuerpo ajeno en justo acto de transversalidad recíproca por interposición de tercero (o algo así).

Llegó –claro- el divorcio, para evitar que nos acabáramos haciendo daño de verdad o extendiéramos de forma irreversible entre nuestros conciudadanos alguna enfermedad venérea y malaje. Como la casa era amplia y ninguno de los litigantes ofrecíamos un aspecto psicopático, el juez decidió otorgarnos a cada uno el usufructo de una planta. A Eva le tocó en suerte el primer piso y a mí la planta baja, por lo que pasé a ostentar un derecho de uso y disfrute sobre dos baños y ninguna cocina. Además, al ser inviable proveer a la vivienda de un acceso independiente al piso superior, se constituyó a mis expensas una suerte de servidumbre de paso en cumplimiento de la cual me veía obligado a abrirle la puerta al nucleo duro de la familia de mi ex, con el lógico intercambio de insultos y escupitajos. Finalmente atajé tan desagradables situaciones contratando para tales menesteres a una pornochacha birmana que se paseaba por la casa ataviada tan sólo con una cofia y chancletas.

Aún la sentencia de divorcio no era firme cuando empezó el trasiego de amantes que ascendían y descendían por la escalera de Eva, cruzándose entre ellos en ocasiones en algún peldaño y saludándose con afectada educación. Finalmente uno consiguió instalarse de manera permanente en su alcoba y cotidianeidad, adquiriendo asimismo el derecho a tener llave propia y a usar mi cinta de correr, que no pude bajar a mi parte de la casa por no conjuntar con la decoración.

Y las cosas se fueron asentando poco a poco, e incluso he empezado a tomar decisiones que no traen como fin último alterar la paz espiritual de mi vecina. Algo ha debido notar ella, porque desde hace un par de días cada vez que vuelvo del trabajo abre las ventanas que dan al patio y se pone a cantar a voz en grito canciones de reconciliación.

Autor : Erre Medina

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