Cuentas pendientes

Cuando la adolescente pelirroja de la mesa de al lado pidió su tercera cola light, Héctor Ruíz empezó a considerar seriamente la posibilidad de que el amor de su vida le hubiera dado plantón.

Se reconvino acto seguido: ¿Qué es una hora de retraso cuando ella lleva casi dos décadas esperándome? E imbuído de renovados ánimos, el hombre de mediana edad en que se había convertido siguió esperando en el bar cafetería anexo al viejo instituto, varado cual náufrago anacrónico entre el bullicio estudiantil.

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El polizón

– Así que no eran ratas – Dije en voz alta para que toda la tripulación me oyese.

El polizón me miraba desde la profundidad de la bodega, los ojos enormes y asustados queriendo desligarse de su rostro demacrado. Aún sostenía en su mano derecha un buen trozo de cecina, y no me hubiera sorprendido que el bribón hubiese tenido la indecencia de dar buena cuenta de él en nuestra presencia.

Cuando lo tuve frente a mí, constaté que era muy joven. Apenas un mozalbete imberbe que me miraba con una mezcla de recelo y curiosidad.

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Y nada por allá

Un buen día descubrí que había perdido la capacidad de imaginar cosas.

Quiero decir: seguía siendo capaz de pensar en días soleados, en un plato de macarrones con tomate o en un perro con cara de invertebrado, pero sólo porque estas imágenes estaban almacenadas en mi recuerdo . Era en cambio incapaz, por ejemplo, de imaginarme un plato de macarrones con un color, textura o sabor distintos de aquellos platos de macarrones que había probado o contemplado a lo largo de mi vida.

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