Pasar página

El niño de las narices vuelve a la sala de estar para soltar un taco que habría dejado estupefacto al  mismísimo Belcebú, y luego emprende de nuevo una torpe y alocada huida por el pasillo. Por suerte los invitados, aleccionados por la madre del mamífero en cuestión, no le ríen la gracia esta vez.

– Está en esa edad – lo disculpa una señora de edad indefinida, más por llenar el silencio globalizado en que se ha instalado la fiesta que por otra cosa.

Y el resto de asistentes, que no hubiéramos visto con malos ojos que le fuera aplicada al pequeño prófugo alguna medida de índole reeducacional, tal como una tanda de latigazos o la extirpación de las amigdalas, asentimos ante el comentario como auténticos hipócritas, con esa uniformidad desganada de los que querrían estar en cualquier otra parte. Miro de soslayo hacia una ventana de tupidos cortinajes verdes, por disimular un bostezo y de paso ver si ha anochecido lo suficiente para hacerme con una excusa que me permita salir de aquí, y me topo por el camino con la mirada entre chisposa y beligerante del  hermano vigoréxico de Brutus. Está el hombre empotrado en un sofá de sky entre un preadolescente de cuerpo deprimido y una madurita que por obra y gracia del principio de Arquímedes no se ha visto en otra mejor, preguntándose sin duda entre cubata y cubata por qué a estas alturas no estoy cabalgando sobre sus genitales entre grandes alaridos.

-¿Ese es el tipo que no podía dejar de conocer y por el que me has arrastrado a este muermo de fiesta? – le había yo preguntado escandalizada a mi ex mejor amiga Mariona dos minutos después de ser presentada al sujeto.

-Pues bien bueno que está, ya me dirás tú qué le falta.

-Dos ruedas para ser una autocaravana. ¿Tú crees que después de quince años de matrimonio lo que me pide el cuerpo es morir aplastada durante el coito?

-Tienes que pasar página, Bertina. Deja de comparar a todo el mundo con Rafa y empieza de cero.

¿Y cuántas veces se le permite a una empezar de cero, Mariona, querida, hacer ver que lo vivido no ha tocado hueso, olvidar –al menos- que la persona que más has querido tiene como máxima prioridad extirparte de su vida?

-Señora

Tardo un rato en determinar que la señora a la que interpela la voz infantil soy yo, por más que el hijo de la anfitriona, agazapado tras el sillón, palmotee mi cabeza con insistencia para despejar cualquier duda acerca de la identidad de su interlocutora.

-¿Qué quieres, niño?

-¿Tu marido se llama Rafa?

Casi tiro la copa de cava al suelo. Supongo que asiento en algún momento, porque el proyecto de psicópata rubio da por contestada la pregunta.

-Dice que te echa de menos y cursiladas de esas.

-¿Que dice qué?

-Ven y lo ves, y así de paso me ayudas.

Acepto la mano gélida y pequeña del niño, que me guía –chiist, que no nos vean- por el pasillo hasta un pequeño cuarto que hace las veces de recibidor. Sobre un aparador se alinean más de una docena de teléfonos móviles que aquel engendro de Satán ha ido sacando de nuestros bolsos vaya usted a saber con qué retorcido fin.

-No se de quién es cada uno – confiesa el niño, -así que me puse a mirar los contactos y los mensajes de texto y como antes en la cocina mencionabas con tu amiga a un tal Rafa…

A media frase  dejo de escuchar al crío, y con el corazón en un puño busco en mi terminal los últimos mensajes recibidos.

-Aquí no hay nada, niño. ¿No habrás borrado el mensaje del que hablas?

-Yo no he hecho nada, señora. Mira aquí lo que pone: “No sabes cuánto te echo de menos, amor. Escápate de esa fiesta absurda y vuelve conmigo”.

No tardo en constatar que el mensaje, efectivamente, lo ha enviado mi marido. Me cuesta bastante más asimilar que lo estoy leyendo en la pantalla del móvil de mi ex mejor amiga Mariona.

Autor : Erre Medina

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