Próxima parada

Una tarde, cuando regresaba a casa en metro al término de su jornada laboral, Samuel Postigo decidió no bajarse en la parada de costumbre. Se limitó en su lugar a contemplar con un punto de ansiedad cómo la familiar estación era engullida por el túnel mientras él permanecía en el vagón, sentado frente a la muchacha que un instante antes (tal vez) le había dedicado una de esas miradas que confunden a los hombres que ya no esperan amanecer enredados en un cuerpo sin apellidos.

Y mientras el convoy le transportaba con su incesante traqueteo hacia la siguiente parada, que era a la vez la última parada de la línea azul, constató Samuel que la muchacha y él se habían quedado solos en el vagón. Este hecho le resultó más perturbador que sorpresivo, pues en más de cinco años de trayecto rutinario había visto no pocas veces tras apearse partir vacío al metropolitano rumbo a la siguiente estación.

Dio en pensar, como cada vez que reparaba en la anomalía expuesta, en el insensato despilfarro que suponía construir una estación de metro en un barrio donde al parecer no vivia casi nadie, máxime teniendo en cuenta que –como creo haber dicho ya- dicha parada era origen y final de trayecto y no un mero eslabón entre dos núcleos más poblados, por lo que hubiera sido dable prescindir de ella sin mayores miramientos ni protestas vecinales, visto lo visto.

A todo esto, la chica de la minifalda parecía haber perdido cualquier interés por el viajero, si es que alguna vez lo tuvo, y contemplaba con un embeleso digno de mejor causa el tunel interminable cuya negrura se deslizaba por su ventanilla como las alertas del alma durante las noches en vela. A Samuel, que a rebufo de la decepción empezaba a gestionar las consecuencias del retraso del que debería dar cuenta a su mujer, se le antojó especialmente largo el trayecto desde su parada hasta aquélla a la que por primera vez en su vida se dirigía.

Finalmente el metropolitano desembocó en una estación deprimente, mal iluminada y revestida hasta un techo exageradamente alto de azulejos de color verde desleído. Una voz mecánica anunció por megafonía el nombre de la parada en la que nadie esperaba y su condición de fin de trayecto. Samuel pudo –y siendo ventajistas podríamos añadir que debió- asumir de antemano el ridículo que iba a hacer y permancer en su asiento mientras el metro emprendía el viaje de vuelta, mas ante la desinhibida expresión de extrañeza de la muchacha se levantó y la precedió luego escaleras arriba hasta una calle que no había visto en la vida.

Y allí perdió unos instantes, girando sobre si mismo por ver si encontraba agún punto de referencia familiar que le permitiera situar aquel barrio en el puzle de su ciudad. Empezaba a comprender que no lo hallaría cuando le rescató de su desconcierto la mirada divertida que le dedicó su compañera de vagón antes de doblar la esquina y desaparecer.

Y pese a que todos sus instintos le gritaban que diera media vuelta y emprendiera el viaje de retorno, decidió Samuel llevar su insensata aventura hasta el final y encarar la calle por la que había desaparecido la chica. Llegó a la esquina a tiempo de verla doblar otra dos travesías más allá, y hasta allí se encaminó para obtener el mismo resultado, iniciando así un insensato juego del ratón y el gato en el que acabó perdiéndole el rastro a su presa y totalmente desorientado respecto al lugar donde estaba la boca de metro.

Empezaba a anochecer, y sintió una punzada de angustia. Sin duda su mujer estaría a estas alturas seriamente preocupada, y lo peor es que su teléfono móvil se había quedado sin batería esa mañana. No transitaba por las calles que le eran desconocidas ni un alma al que preguntarle por el camino de vuelta, ni circulaba un taxi al que abordar, así que Samuel vagó y vagó por una ciudad que no parecía la suya en busca de una vía principal, una arteria conocida que le sirviera de hilo de Ariadna. Y cuanto más caminaba, más perdido se sentía, y empezó a metérsele en la cabeza la idea de que nunca conseguiría salir de allí.

No supo cuánto tiempo anduvo perdido, pero ya hacía un buen rato que había amanecido cuando volvió a ver las largas piernas de la muchacha del metropolitano caminando con decisión unos pocos cuerpos por delante de él. La siguió a buen paso y sin mercadear en disimulos durante un buen rato, hasta que apareció ante sus ojos como un salvavidas la entrada a la estación de metro.
Luchando contra el sopor al que cansancio y alivio le empujaban, Samuel permaneció de pie junto a la puerta del vagón hasta que el metro embocó la parada que nunca debió haber sobrepasado. Antes de apearse echó una fugaz mirada a la chica de la minifalda, la cual sin duda ésta malinterpretó, ya que en ese momento decidió bajarse en una estación que no era la suya y seguir al extraño.

Autor : Erre Medina

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