Punto de fuga

Tras el mar el puerto, tras el puerto las murallas, tras las murallas la ciudadela. Y en la ciudadela, sobre las casas sin ventanas, la atalaya.

Y asomada en la atalaya, la princesa. Como siempre. Esperando, paciente, algo que habrá de surgir un día en un punto inconcreto del inmenso mar. Algo que la habrá de arrastrar con la violencia de lo inevitable, ya que la huída le viene prohibida por su condición.

“¿Qué buscas ahí fuera que no tengas ya?”, le pregunta preocupado su padre antes de bajar a excavar. Ella responde con evasivas, para no herirle, y lo ve descender luego, seguido por sus súbditos, provisto de picos y palas, dispuesto a horadar una nueva galería, cada vez más profunda, bajo un tétrico cielo de raíces muertas.

Un día la princesa avista a lo lejos un punto persistente en el mar. A poco, se empiezan a distinguir las velas, los remos, el pabellón…

Lo reconoce al instante, a pesar de los años transcurridos. El hijo pródigo. Su primer amor.

Con el corazón henchido, da la orden de que suenen las campanas, aún a sabiendas de que nadie las prestará atención, toda la ciudadela ocupada en excavar nuevas galerías en el subsuelo.

– Es allí, ¿verdad? – le pregunta el periodista al hombre de mediana edad, más por sacarlo de su ensimismamiento que por precisar mayor confirmación.

Bruno Artells mira a través de los cristales tintados del Audi y asiente de forma distraida. No le sorprende que todo siga tal y como lo recordaba, pero sí la incómoda sensación de haberse convertido en un intruso, un elemento ajeno al paisaje y al día a día de los habitantes del barrio.

Un par de días antes le pareció una buena idea la propuesta del periodista de ambientar la entrevista en el lugar en que creció. Pensó -¿quién puede reprochárselo?- que el éxito nunca es completo si no puedes alardear (de forma elegante, apenas insinuada) de él ante quienes no apostaban una mierda por ti.

Pero no hay banda de música en la plaza mayor para recibirle, ni más reacción que alguna inquisitiva mirada de los transeuntes cuando el fotógrafo empieza a descargar el equipo del maletero del Audi.

– Si les parece, mientras montan todo esto voy a saludar a un par de personas.
– No hay problema. Tómese su tiempo.

El restaurante de Alfonsina no quedaba lejos (nada en el barrio –pensó el famoso escritor- quedaba lejos), así que hacia él se encaminó. No esperaba un reencuentro efusivo con su madre, ni lo tuvo. Alfonsina le mostró su mejilla derecha, indicando el lugar donde debía depositar su beso.

– ¿Tienes hambre, Bruno?
– Algo
– Los jueves tenemos paella mixta.
– Lo sé. ¿Y papá?
– Como siempre, pidiéndole de todo a la vida menos novedades. ¿Todo bien por la gran ciudad?
– Más que bien. Mi nueva novela es una de las cinco más vendidas del mes.
– Eso suena bien. ¿Vino o Coca cola?
– Vino, por favor. ¡Buenas tardes, señor Graells!
– No me lo digas, sé que te conozco… ¿tú no eres el hijo de Alfonsina? ¿dónde has estado metido?
– Por ahí, ganándome la vida en la gran ciudad.
– La gran ciudad… – el viejo profesor dejó en blanco los ojos, como rememorando algún pecado de juventud que creía olvidado- ¿y piensas volver pronto al hogar?
– No por el momento.

El escritor dio cuenta de la paella con más voluntad que apetito. Prometió a su madre llamar más a menudo y ésta excusó el hecho de que su padre no bajara al restaurante a saludarle “ya sabes cómo es ese hombre para su siesta”.

Despachó la entrevista como quien atiende un compromiso que ya ha dejado de tener sentido. Ya anochecía cuando volvió a ocupar el asiento trasero del Audi con un inaudible suspiro de alivio. Desandó el vehículo con desgana las empedradas calles de la zona antigua del barrio. Y tras la zona antigua, las nuevas viviendas, y presidiéndolas, la torre. Y en el ático, como siempre, la luz encencida.

– ¿Podría detenerse un segundo? Olvidé una cosa.
– Si es un segundo…

Bruno Artells pulsó el botón superior del portero automático. Tras un respetuoso lapso de tiempo, volvió a presionarlo. Y luego con mayor insistencia, hasta comprender que ella no contestaría.

Volvió a subirse al lujoso coche, rumbo a la gran ciudad. Para no volver.

Desde la atalaya, la princesa vio zarpar el barco del hijo pródigo, de su primer amor. Lloró en silencio mientras los contornos de la nave se difuminaban en el mar inconcreto, y seguía llorando cuando su padre –avisado de lo acontecido por los vasallos- subió preocupado, oliendo a tierra y sudor.

– ¿Lloras porque se fue, hija?
– Lloro porque en realidad él nunca estuvo aquí, ni yo tendré jamás el valor de estar en otro sitio.

Pero llegó un nuevo día, y el nuevo día la sorprendió buscando en el mar inmenso un punto de fuga.

Autor : Erre Medina

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