Ruido rosa

La estancia en que me hallo es, sin duda, la habitación de mi hija. Reconozco el papel pintado de nubes sonrientes y los peluches que se alinean en perezosa formación en los estantes, y también es de mi niña la ropa que contiene el armario de dos cuerpos con espejitos en forma de sol y de luna. El conjunto y los detalles de lo que se materializa ante mí son fiel reflejo de la realidad que una vez fue, y aunque sé que es imposible podría jurar que incluso percibo el tibio olor de Samanta.

El ruido que no cesa, por otro lado, corroe parcialmente la ilusión de realidad. De forma aleatoria se codifica aquí un osito, allí un frasquito de perfume infantil, recordándome que nada de esto existe, que el sol vespertino cuya luz tamizan las cortinas rosas de encaje jamás desembocará en una noche sin luna. Que tarde o temprano este escenario se disolverá y sabe Dios qué límites contendrán mi locura entonces.

Pero aún peor que todo eso y que el dolor insoportable que en constantes oleadas sacude mi cuerpo, es tener la certeza de que en ningún momento de este atardecer eterno veré a mi niña entrar por esa puerta que a veces se descompone y que no consigo abrir preguntando: mami, mamita, ¿qué hay de almuerzo hoy?

A veces dejo de pensar y me quedo dormida. De golpe, sin un bostezo, sin previo aviso ni intercesión de la voluntad o el cansancio. El escenario se diluye y me arrastra sin remisión a través de un desagüe atemporal de inconsciencia sin sueños.

Y luego todo vuelve a empezar: la habitación, la tarde, las horas sin fin…

Pero hoy he abierto los ojos y todo es distinto. Una luz fría e inmisericorde baña la habitación de Samanta, dispersando sombras y contornos, obligándome a apartar la vista. Con la mano a modo de visera voy hacia la ventana por donde se cuela el haz de luz y descorro las cortinas.

Y tras la ventana veo a mi niña.

Veo a mi niña, que ya es una mujer, que me mira sin verme. Y aunque no me oye le digo que está muy guapa, y aunque yo misma soy un mar de lágrimas le pido que no llore. Y mi niña se acerca al cristal de la ventana y deposita un beso allí donde supone que yo estoy. Y yo le correspondo aunque ella no lo sepa, y doy por bueno el final que intuyo cercano.

Luego cesa el ruido. Y el dolor. Y me invade una oscuridad de la que sé que ya no despertaré.

El aire frío de la calle le abofetea con furia inclemente, pero apenas reacciona levantándose el cuello del abrigo con un gesto mecánico. Camina sin rumbo por un boulevar flanqueado por tiendas cerradas, sola, su cabeza hecha un hervidero. Sabe –se lo han dicho tanto profesionales como sus seres queridos- que ha hecho lo correcto, pero no siempre lo correcto es suficiente, y más cuando se trata de la vida de tu madre.

Con el corazón encogido Samanta Darias recrea una y otra vez la escena que acaba de vivir y que sabe que nunca podrá olvidar: La mirada vacía de su madre, imperturbable ante sus lágrimas. La piel inerte que acogió insensible su beso de despedida. Y el silencio atroz de la máquina que durante años la mantuvo artificialmente con vida al ser desconectada.

Autor : Erre Medina

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