Seriados

– Fábregas, Faus, Fernández Campos, Fernández Devesa, Font, Forcadell…

Y los niños van contestando “presente” o “aquí” y alzan el brazo al ser nombrados por la profesora, mientras la luz invernal de la tarde se despega poco a poco de las paredes color verde oliva del aula. Luchando contra el sopor y el aburrimiento, el pequeño Carles consulta su reloj: “todavía las siete”, se lamenta. Mira por la ventana. En el edificio de enfrente hay una señora asomada al balcón. Se la ve feliz. Sonríe con dulzura, apoyada en la barandilla, y diríase que está mirando al pequeño estudiante. Tras ella se adivina una estancia cargada de objetos, como la de abuela, y una tele en color en la que están dando dibujos animados.

A Carles le gustaría estar ya en su casa, viendo los dibujos, pero su padre sale siempre de trabajar a las ocho de la tarde y él se tiene que quedar en clases de refuerzo -que no necesita- más de dos horas hasta que él llega. Y eso es así porque la mamá de Carles se fue de casa cuando él era todavía muy pequeño para retener recuerdos. No volvió nunca, ni a por él ni de visita. Por eso, y porque nadie hablaba de ella, el niño creyó durante un tiempo que realmente su madre había muerto y nadie quería decírselo para no hacerle daño. Se lo preguntó un día a su padre, y su padre se enfadó.

– ¿Muerta? ¡Ojalá! – Y el niño sintió un miedo inextricable y nunca más volvió a preguntar.

Cuando el niño vuelve a mirar por la ventana la señora del balcón ya no está. Sin duda se metió en casa, pero no ha descorrido las cortinas ni apagado la tele y Carles puede seguir viendo los dibujos, jugando a adivinar los diálogos y las tramas. Y pasa lo mismo la tarde siguiente y todas las demás. Ya no le cabe duda de que la señora del balcón, fiel a su cita de cada tarde, le mira a él, le sonríe a él, y que incluso la tele encendida con los dibujos que nadie más que él ve constituye una invitación en toda regla.

Así que una tarde Carles se arma de valor y tras acabarse la clase de las seis, en lugar de ir a refuerzo, cruza la calle y se planta bajo el edificio de la señora. Mira hacia arriba, para intentar calcular cuál debe ser el botón del telefonillo que ha de pulsar, pero no le hace falta. La señora, asomada a su balcón, le hace una seña para que espere y pocos segundos después se escucha el zumbido que desbloquea la puerta.

– Es el cuarto segunda, tesoro – le dice con amabilidad a través del altavoz del portero electrónico.

Cuando sale del ascensor la mujer le está esperando en la puerta de su vivienda. Tiene más o menos la edad que tendría su madre  y le sonríe como Carlos no recuerda que nadie le haya sonreído nunca.

– ¿Quieres un colacao?
– Gracias, señora.
– No me llames señora. Mi nombre es Inés.

El niño se sienta en un cómodo sofá de color canela, en la sala abarrotada de cosas que había acertado a atisbar desde la ventana del aula. Empiezan los dibujos, y esta vez no tiene que imaginarse los diálogos. Inés le trae un colacao y un bocadillo de pa amb tomàquet con salchichón. Tiene un hambre atroz, pero come con educación y tratando de no llenar el sofá de migas. Está feliz y bajo ningún concepto quiere enfadar a la señora. El tiempo transcurre en un periquete.

La mujer, que había permanecido sentada a su lado mirando con expresión divertida un punto indeterminado entre el niño y la tele, se levanta para descorrer las cortinas y salir al balcón. Está empezando a anochecer. Carles mira su reloj Casio, asustado ante la posibilidad de que su padre esté esperándolo en la puerta del colegio y se enfade al no verle salir. “Todavía las siete”, constata con alivio.

Su mirada se desplaza entonces hacia su colegio, y en concreto hacia el aula con paredes verde oliva donde en ese momento debiera estar. A esa hora calcula que estarán pasando lista sus compañeros, y efectivamente se ve a los niños levantar la mano a medida que se les nombra. Carles no puede evitar esbozar una sonrisa de superioridad que se le borra cuando se da cuenta de que algo no anda bien.

Y es que los rostros infantiles tras la ventana no son los de sus compañeros de clase, Carles no ha visto jamás a ninguno de esos niños. Con el susto en el cuerpo, mira otras ventanas, por si se ha equivocado, pero no: es sin duda el aula en la que él mismo estaba hace tan sólo un instante.

Desde el pupitre que fuera de Carles una chica mira a través de la ventana, en su dirección, intentando sin duda adivinar el diálogo de los dibujos animados que emiten a través de su tele de plasma. Aún está aturdido cuando Inés entra de nuevo en la salita y le pregunta qué le apetece para cenar, corriendo las cortinas tras de sí.

Autor : Erre Medina

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