Una bandeja de pastas caseras

– Espera aquí, rapaz.
– Sí, señora.

La sirvienta, cual huraño punto de fuga, se aleja para anunciar su presencia por el interminable pasillo de baldosas blancas y negras, y Alvaro suelta un bufido. Sigue sosteniendo el niño la bandeja de alpaca sobre la que su madre ha distribuído dos docenas de pastas caseras, y nota cómo se le empiezan a agarrotar los antebrazos. Baraja la posibilidad de depositar la bandeja sobre cualquiera de las muchas superficies que hay en la sala de recibir de la mansión, pero colige que no sería de buena educación, y su madre le ha recalcado que ha de causar la mejor de las impresiones a la marquesa cuando le entregue las pastas.

– ¿Tú crees que nos dará dinero por ellas, mamá? Con el hambre que pasamos sería injusto que la marquesa se las comiera y no quisiera pagar, ella que tanto tiene.
– Pagará, hijo. Ten fe.

El niño se apoya sobre una pierna y luego sobre la otra. Los pantalones de tweed son nuevos y le pican una barbaridad, pero no puede rascarse sin que peligre la mercancía que transporta. Por pensar en otra cosa, Alvaro pasea su mirada sobre los variopintos objetos que ornamentan la estancia.

Repara entonces en el cuadro.

Sus pinceladas –claramente influenciadas por el impresionismo de finales del siglo diecinueve- conforman una escena de playa con dos niños jugando en la orilla del mar en primer plano. Alvaro no ha visto ninguna obra de Sargent o de Sorolla, pero se queda encandilado con el efecto de la luz sobre la piel húmeda de los niños y con la expresión de concentrada felicidad de los infantes mientras construyen castillos efímeros de arena.

– Son papá y tita Sole de niños, ¿le gusta al caballero? – resuena una voz infantil a su espalda.

Alvaro se gira. La pequeña tendrá un par de años menos que él, y le está mirando con una expresión que aúna curiosidad y altiva picardía.

– No está mal, milady –responde Alvaro, utilizando una expresión que ha leído en una novela de Dumas y que presupone ha de encajar a la perfección en tan refinado ambiente.
– ¡Me ha llamado milady! ¡Mamá, ese niño me ha llamado milady! – grita divertida la niña mientras se aleja correteando por el pasillo ajedrezado, cruzándose en su trayecto con la marquesa.

La mujer escruta al niño intensamente, pero sin dejar translucir sentimiento alguno. Alvaro piensa para sí que la elegancia debe consistir en que nadie sepa lo que de verdad piensas, eso sin duda debe ser muy útil.

– Sígueme – le ordena finalmente la marquesa, echando a andar sin esperarle.

Y el niño la sigue por el pasillo y, tras atravesar una puerta altísima, por un nuevo pasillo interminable. Y finalmente, tras dar vueltas y vueltas, entra con ella en una estancia decorada aún más lujosamente que la precedente. Con un gesto, la marquesa le muestra una mesa redonda, en una clara invitación a que Alvaro deposite la bandeja sobre la misma. Así lo hace el pequeño, con evidente alivio de sus miembros entumecidos.

– Mi madre me pidió que os informara de que puede serviros tantas pastas y dulces como deseéis, y yo mismo os los traería a vuestra villa.
– No será preciso, niño. Con éstos de momento tengo para una buena temporada.

Del primer cajón de una cómoda extrae la mujer un considerable fajo de billetes, que tras introducir en un sobre tiende al pequeño Alvaro con un gesto impaciente.

– Dile a tu madre que las pastas estaban exquisitas, pero que desde que mi difunto marido falta en esta casa no quedan ya aficionados al dulce.
– ¿Cómo sabe que están exquisitas si no las ha probado?
– Haz lo que te digo y no seas insolente.

Así que Alvaro deshace el camino sembrado de cuadrados blancos y negros, contento porque la marquesa le ha dado mucho dinero. Antes de salir le echa un último vistazo al cuadro, sorprendido una vez más de que el niño que hacía castillos de arena se pareciera tanto a él.

Autor : Erre Medina

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