A cobro revertido

Maica se sobresaltó cuando el teléfono fijo empezó a sonar con impertinente estridencia. Según el despertador de su mesilla pasaban veinte minutos de las tres de la madrugada.

– No lo cojas – le pidió a Fabián con cierta aprensión.

Pero su marido ya se había incorporado de la cama y, como un autómata, se dirigía a la sala de estar para contestar la llamada. Le oyó intentando –aparentemente en vano- trabar contacto con quien estuviera al otro lado de la línea. Finalmente colgó.

– ¿Quién era?
– No sé. Sólo se escuchaba música y voces de fondo. A alguien a quien se le habrá disparado el móvil.

Lo dijo con un tono de voz que no dejaba dudas sobre la nula importancia que le otorgaba al incidente, pero Maica le escuchó removerse inquieto en la cama durante buena parte de la noche.

La madrugada siguiente, a la misma hora, volvió a sonar el teléfono, y de nuevo Fabián –pese a las protestas de su mujer- descolgó y trató en vano de entablar una conversación con quien llamaba.

La tercera noche Maica se despertó unos segundos antes de que sonara el primer timbrazo, el tiempo suficiente para darse cuenta de que Fabián no estaba en la cama.

Se levantó con sigilo. Su marido estaba junto al teléfono, sin duda esperando que empezara a sonar. Descolgó al primer timbrazo y tras un inseguro “dígame” se quedó escuchando embelesado lo que quisiera que pasara al otro lado de la línea. Sólo colgó sobresaltado cuando la voz de su mujer sonó a escasos centímetros de su espalda.

– ¿Quién es ella?
– No hay ninguna “ella”.
– Mañana descolgaré yo.
– Haz lo que quieras, me voy a dormir.

A las tres de la madrugada de la siguiente noche Maica paró el zumbido del despertador. Fabián simulaba estar dormido a su lado, aunque la ausencia de ronquidos le delataba. Preparó un café en la cocina y se sentó frente al teléfono. Fiel a su cita, a las tres y veinte éste empezó a sonar. Descolgó dotando a su voz de una determinación que estaba lejos de sentir.

– ¿Diga?

Nadie respondió, pero tal como le había dicho Fabián se escuchaban de fondo las voces divertidas de varios jóvenes que hablaban entre ellos (tres chicos, quizás cuatro, todos varones). Llamaban desde -o cerca de- un coche en marcha, y parecían estar decidiendo la ruta de locales que compondría su aventura nocturna. Sonaba también una canción pasada de moda, Maica la había escuchado cuando era más joven, pero no recordaba el nombre. Finalmente la mujer colgó.

– ¿Satisfecha? – murmuró él con tono punzante cuando volvió a la cama.
– Sé que hay algo que no me estás contando– contestó.

La noche siguiente el teléfono volvió a sonar, pero Fabián no se levantó de la cama. Lo dejó sonar también la madrugada posterior, y finalmente optó por desconectar el aparato de la línea antes de acostarse. Su resuelta actitud debiera haber bastado para tranquilizar a Maica, mas paralelamente empezó a comportarse de una forma extraña. Se tornó huraño, como si se sintiera enjaulado, y parecía buscar cualquier excusa para enredarse en discusiones sin tregua ni sentido con su mujer. Luego salía a la terraza, donde con aire entre lángido y socarrón repasaba viejas fotos que tenía guardadas en una caja de cartón mientras bebía una cerveza tras otra.

Y una noche, no se sabe cómo, Fabián desapareció. Simplemente se acostó a al lado de su esposa y a la mañana siguiente ya no estaba. No se llevó su teléfono móvil, ni maletas, llaves o documentos, y apenas Maica echó a faltar de su armario una camiseta y unos viejos tejanos que su marido apenas usaba.

En la terraza seguía la caja de cartón. En su interior estaba compilado en docenas de fotografías el pasado de Fabián, todo lo que fue antes de conocerla, todo lo que ya no era, todo lo que seguía siendo y lo que aún aspiraba a ser…

Y entonces Maica, de alguna inexplicable manera, lo entendió todo. Descolgó el teléfono y pulsó la opción de remarcar. Al tercer timbrazo alguien descolgó y por toda respuesta soltó un sonoro eructo. De fondo varios adolescentes seguían planificando su juerga infinita haciéndose oír sobre el sonido del coche en marcha y de esa maldita canción cuyo nombre no conseguía recordar. Preguntó por Fabián, pero no pudo hablar con él: acababa de sacarse el carnet de conducir y estaba estrenando su coche.

Autor : Erre Medina

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