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El hombre al que le desaparecieron los viernes
Por erre medina Publicado en Relatos en 26/06/2020 0 Comentarios 9 min lectura
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El hombre al que le desaparecieron los viernes

Tanto porfió la enfermera desde el otro lado de la línea de teléfono que a Tobías al final le entraron las dudas. Depositó el auricular sobre la mesita de centro y recorrió el estrecho pasillo de su vivienda a fin de consultar el calendario que año tras año y por cortesía de Supermercados El Trébol colgaba sobre una alcayata junto a la puerta de la cocina.

Efectivamente (inexplicablemente) el viernes veinticinco de febrero, esto es, el día anterior a la llamada que estaba atendiendo, tenía Tobías programada cita con el urólogo. Y pese a que había apuntado la misma de forma bien visible en el calendario, a la vista estaba también que se le había olvidado completamente.

Más sorprendido que avergonzado le pidió disculpas a la enfermera y concertó una nueva cita para el siguiente viernes, cuatro de marzo, a las diez  de la mañana. Se apresuró a anotarla en mayúsculas en el calendario, circundada por un trazo doble.

Intentó luego retomar las rutinas de su mañana de sábado según las tenía programadas antes del incidente, pero no fue capaz.

¿Cómo se había podido despistar? Precisamente él, cuyo éxito profesional se había cimentado fiando cada jornada a la férrea dependencia de una previa planificación. Él, que fue capaz de domesticar el azar, de hacer previsibles los imponderables. Que eliminando las variables había conseguido todo lo que se propuso. Nada menos y –obviamente- nada más.  

Él, que cuando llegó el momento de jubilarse, ante la perspectiva del pavoroso latifundio de tiempo improductivo que se le venía encima, optó por compartimentar los días venideros en manejables sucedáneos de tiempos ya vividos, acreedores de horarios y reminiscencias.

—Me condenaste a timonel de tu ausencia cuando trabajabas, y me vengo a dar cuenta (tarde) de que es ahora cuando realmente te sientes lejos del hogar —le escribió Aurora entre otras muchas obviedades  la tarde en que lo abandonó.  

La noche del jueves, Tobías programó el radiodespertador para que sonase a las 8,30 horas. Lo hizo como mera precaución, ya que no recordaba haberse levantado después del amanecer ni una sola vez en las últimas décadas.

Preparó cuidadosamente la ropa que llevaría a la consulta, constató que portara encima la tarjeta sanitaria, y dinero suficiente para el transporte público. Le preocupaba tardar en conciliar el sueño, más apenas su cabeza rozó la almohada se durmió profundamente.

Le despertó a lo lejos el timbrazo del teléfono. Pasaban unos minutos de las ocho de la mañana. Recorrió el pasillo con torpe apresuramiento, mientras las afiladas avanzadillas del alba empezaban a perfilar ángulos y resquicios.

—Sí, soy yo- respondió a la voz del aparato.- […] La tengo presente, sí. De hecho iba ahora a….[…] ¿Cómo que ayer? La cita era el viernes…[…] Perdone, señorita, pero sé perfectamente el día en que vivo. […] Usted no va a dar parte de nada. De hecho, voy ahora para el hospital y pienso ponerle una queja.

Colgó enfurecido.  A grandes zancadas avanzó hasta el dormitorio mientras exclamaba para sí: “¡Sábado! ¡Dice que es sábado!”. Se empezó a vestir, pero aún estaba en pantuflas cuando la paralizante quemazón del desasosiego comenzó a constituirse en antesala de la duda.

Pugnando contra su propia determinación, Tobías encendió la radio. No tardaron en informarle de que efectivamente estaba a punto de disfrutar de una soleada mañana de sábado.

¡No era posible! Se repetía mientras la tele, el móvil y la prensa online se empeñaban sucesivamente en ofrecerle noticias y servicios de un día de la semana a todas luces equivocado.

Por instalarse provisionalmente en la solución menos inverosímil, se planteó que al igual algo de lo que cenó ¿anteayer?  le sentó mal y estuvo durmiendo durante más de treinta horas. Era poco probable, pero, ¿qué otra explicación cabía?

El radiodespertador marcó las ocho y media con un click apenas perceptible. La alarma no se activó. 

Sobre un taburete a los pies de la cama reposaba una revista de pequeño formato que contenía la programación televisiva de la semana. No encontró entre la oferta para el viernes pasado (ayer) ningún programa que recordara haber visto. Es más, constató con creciente preocupación que desde hacía semanas su cadena predilecta había trasladado a la noche de los viernes la emisión de una serie de intriga que le encantaba, antojándosele casi imposible que –vistas las alternativas- hubiera realizado una elección diferente, que por lo demás tampoco recordaba.

Se le ocurrió, ya sumido en un preocupante estado de irrealidad sin asideros, que en la cocina encontraría los restos de la comida que preparó-consumió ayer. En su lugar, se topó con las espinas de la merluza que cenó el jueves (recordaba claramente que no quería cenar pesado para poder acudir a la revisión de próstata convenientemente descansado).

Y por más que rebuscó en la casa, por más que se estrujó los sesos, no recordó Tobías vivencia alguna que atribuir al viernes anterior (pues sólo así cabía referirse a él, aunque no hubiera transcurrido y por lo tanto no pudiera incardinarse en el tiempo) ni –dicho con los inevitables reparos a una aseveración de tal envergadura- a ningún viernes reciente.

Se dijo que de haber continuado trabajando, o aún al menos si Aurora siguiera con él, hubiera resultado fácil refrendar cualquier anomalía de esta índole, o darse al menos cuenta a tiempo –valga la paradoja- de que le estaban robando los viernes.

Porque llegados a este punto Tobías ya no albergaba duda alguna de que le estaban escamoteando al menos un día a sus semanas.

Y, desde luego, no iba a permitirlo.

Quizás otro hubiera centrado sus esfuerzos en discernir la forma en que le eran sustraídos los viernes. A tal fin, posiblemente hubiera instalado una cámara de seguridad en la cabecera de la cama para que le grabase desapareciendo súbitamente a medianoche como una carroza mágica o una pomposa ventosidad, o bien se hubiera hecho seguir por un detective o un notario que dieran fe de una personalidad binaria cuyo envés recorrería de noche la ciudad sobre las hebras de un inconfesable carnaval de lascivia y autofagia (o algo así)

Pero Tobías no quería saber ni el cómo, ni el porqué, y si me apuran tampoco el quién. Tobías quería que le devolvieran lo que era suyo, y en la medida de lo posible hacerle pagar al ladrón por tan execrable acto.

Y como casi todas las personas carentes de imaginación, cuando tenía un objetivo podía resultar implacable.

A lo largo de la semana trazó un plan improbable y con demasiados riesgos como para sentirse cómodo con él, pero que a cambio se le presentó como única forma de recuperar el control de su vida.

El jueves, poco antes de medianoche, llamó a urgencias y dio parte de la emergencia.

Luego, sin vacilar, se cortó las venas de ambos antebrazos.

Renunció a tomar los calmantes que tenía previstos (“que lo reciba el dolor”, masculló con vesania) y se dejó resbalar por las laderas de los más oscuros presagios, casi dulcemente, hasta que perdió todo mundo de vista.

Le despertó la pegajosa luz de la media tarde filtrándose a través de la persiana de un cuarto de hospital. Supo, al detectar la presencia del otro, que no podía ser sino viernes, y pese al dolor sonrió satisfecho.  

—¿Era eso necesario? —inquirió sin más preámbulos el visitante, entre ofendido y perplejo, dejando claro con un ademán de cabeza que por “eso” se refería a las profundas laceraciones de los antebrazos que tapaban los vendajes.

—Estamos los dos aquí, ¿no? —repuso el interpelado a modo de contestación, casi divertido por el cariz de los acontecimientos—. Deduje que no te atreverías a  llevarte mi cuerpo si éste requería de cuidados para subsistir.

—Pudiste matarte… matarnos.

—Es una curiosa manera de conjugarlo, viniendo de alguien que ha decidido robarme los viernes.

Como activado por un resorte (sus mismos ojos, sus mismos rasgos, pero esencialmente distinto) el visitante se abalanzó sobre Tobías. Sus manos se crisparon contra el cuello, la boca se detuvo a escasos centímetros de su oído izquierdo.

—¿Cómo puedes ser tan necio? ¿No te das cuenta de que el ladrón eres tú?

Durante un ínfimo instante Tobías dejó de forcejear y miró con ojos muy abiertos al visitante, mas enseguida éstos se enrocaron tras una burlona carcajada. Confirmó en ese momento el otro, pues en el fondo ya lo sabía, que todo estaba perdido. Soltó al encamado casi con delicadeza y a paso lento se dirigió hasta la puerta de la habitación. Le vino a la cabeza, por última vez, el estribillo de una vieja canción, y el olor de la canela caliente sobre el lomo de su postre favorito, y la distraída caricia con que madre terminaba siempre de arroparlo, y la noche en que conoció a Aurora…

Todos estos recuerdos, y muchos más, cimentados o enhebrados el quinto día de todas las semanas de una vida, se fueron vaciando, despoblando de sentimientos, derramándose como impurezas inconexas en el eco corrupto del resto de su vida arrebatada.

Luego, nada.  

Se cerró finalmente la puerta y Tobías se quedó solo. Esbozó una mueca satisfecha mientras una procesión de días gastados, iguales, completaban obedientes el puzle de su historia. Luego se quedó dormido, a cubierto de preocupaciones y sueños.

arabescos
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