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El lugar de cada cosa
Por erre medina Publicado en Relatos en 22/08/2019 0 Comentarios 9 min lectura
Plagio en dos actos Anterior La memoria de los cambios Siguiente

Adoración aprovechó la primera pausa larga del Sálvame para retirar de la mesa camilla situada frente al televisor el plato con las sobras de la merluza rebozada, una lata vacía de cerveza 0,0 y el tapete de cáñamo. Un sol inclemente se colaba a través de los tupidos cortinajes color verde oliva de  la estancia, tornándola  irrespirable. -¡Qué verano estamos teniendo!, había dicho ayer o anteayer el hombre del tiempo-.

Lavó el plato y los cubiertos y de vuelta al salón ahuecó los cojines afelpados del sofá. Los colocó luego solapándose unos con otros sobre el posabrazos derecho, por si después, como solía ser habitual, decidía echarse una de esas siestas interrumpidas apenas a gritos de contertulio y que últimamente perduraban hasta bien entrado el informativo de la noche.

En la tele una pareja sonreía mientras cenaba en la terraza de un lujoso apartamento, con la ciudad a los pies, en un anuncio de vino espumoso. Adoración volvió a pensar en mover de sitio la mesa de comer. Tal como estaba ubicada ahora –en una pequeña galería anexa a la sala, encajonada entre dos columnas y los ventanales que daban al boulevard- no tenía presencia ni utilidad. Casi nunca la usaba para ella sola, porque era un engorro y sobre todo porque le resultaba deprimente,  y durante  las pocas ocasiones en que la venía a visitar su hijo Julián rara vez se quedaba a almorzar y como mucho picoteaba algo en el office de la cocina.

Tampoco era cuestión de tirarla, era de madera maciza, no sabría decir si de haya o de nogal, con ocho sillas a juego. En su día costó un dineral, y contaba con unas guías que permitían abrirla y añadirle un segmento adicional por si era menester hacerles hueco a más invitados.

En lugar de deshacerse de ella lo procedente, dio en pensar Adoración, sería liberar de trastos la habitación de Julián, que se había convertido en una especie de guardamuebles indefinido, trasladar allí la mesa y transformar aquella estancia en comedor.

Le entusiasmó la idea, y se reconvino por no haberla tenido antes. Con un cambio tan simple recuperaría una habitación, en la que podría integrar además de la mesa el aparador y el mueble bar que componían el juego original. Quitaría el papel pintado, que ya no se llevaba, y pintaría las paredes de color salmón, que es un tono que los expertos destacan como alegre y elegante a un tiempo. Para la pared del fondo podría comprar o –mejor- encargar de pladur unas estanterías donde colocaría algún objeto de buen gusto, figuritas, la enciclopedia Salvat, y la foto que se hizo con el bikini amarillo el verano que pasaron en Benidorm cuando aún eran una familia y ella tenía el ánimo (y el cuerpo) para dietas. A buen seguro –se dijo- que si dispusiera del espacio adecuado se animaría a invitar a otras personas a su casa, y hacer algo de vida social.

Julián, claro, pondría el grito en el cielo a la que le comunicara los planes. Empezaría diciendo, ya le parecía estarlo oyendo, que para qué te vas a complicar a estas alturas la vida, mamá, así, en tono condescendiente, como si a los cincuenta y pocos años los cambios en los que se pudiera participar ya no fueran sino calamidades ajenas a nuestra voluntad. Luego, poco a poco y al ver que esta vez no iba a dar su brazo a torcer, daría paso al grandísimo egoísta que lleva dentro, y se preguntaría a viva voz dónde iba a poner todas esas cosas en su minúsculo apartamento, abriendo mientras tanto teatralmente cajas al azar llenas de cómics, apuntes de la ESO y juegos de consola obsoletos. Finalmente, con esa expresión del combatiente que se rinde a sabiendas de que su bando está a punto de ganar la guerra soltará algo como: déjalo, por mí puedes tirarlo todo. Si crees que así vas a ser más feliz…

Y dejará ahí la puyita, en todo lo alto, como palmario homenaje a su santo padre, que el día que decidió hacer las maletas descubrió una insospechada vocación de gurú de pacotilla.

  • Algún día –le había soltado el fulano a modo de despedida, mirándole con esos ojos velados por mil insondables desgracias interpuestas con se ganaba el favor de amigos y familiares comunes y hasta privativos – comprenderás que la felicidad es un plato que se ha de cocinar cada uno. Los que te rodean, lo que te quieren, como mucho pueden aliñarlo.

Y tras soltar semejante memez siguió metiendo sus calzoncillos en la maleta, desordenadamente, encajando con mansedumbre los insultos y los reproches que ella le dirigía, inalcanzable en su habitual papel de víctima. Cerró con exquisita educación la puerta, no sin deslizar antes sobre la mesa del recibidor un convenio regulador de divorcio lo suficientemente generoso para aliviar su mala conciencia, y ya no volvió. Pocos meses  después supo Adoración que a su marido le estaba aliñando la felicidad una higienista dental de origen transoceánico, de esas que siempre aparecen cuando un hombre con posibles llega a la edad de pensar con lo que no debe y aparentar lo que ya no es.

El calor era insoportable, y por lo visto iba a durar hasta bien entrado el sábado. Adoración se abanicó con el folleto de un supermercado. ¡Sí que estaban tardando hoy en volver de la publicidad!  Con los ojos entornados intentó imaginarse la galería sin la mesa y el aparador. Realmente le iba a quedar un espacio bien bueno, y además con luz directa.

Se le ocurrió que la galería podría albergar un espacio de lectura ideal, y a poco coste. No le costó esfuerzo visualizarse sentada en un sillón orejero o –no, mejor- oscilando levemente sobre una mecedora, leyendo una apasionante novela mientras el ventanal a sus espaldas se llenaba de efímeros matices morados. Sobre una mesita auxiliar reposaría una copa de vino blanco y ¿por qué no? una pitillera de carey con cigarrillos mentolados. Para completar el cuadro, una librería color marfil empotrada entre la columna y el marco de la ventana mostraría una extensa y variopinta colección de best sellers, de esos que suelen colocar horizontalmente en la librería del Corte Inglés.

Y a falta de una chimenea en la pieza, tampoco sería descabellado comprar un perro. Uno que no soltara mucho pelo, de esos que son tranquilos y pachorrones, como el de las orejas grandes que sale en el anuncio de los seguros. Se lo imagina tumbado a los pies de la mecedora, vigilándola con devoción canina, supeditado cualquier capricho o apetencia al más nimio gesto de atención de su ama. Y ella, mientras, ajena, devorando página tras página…

Se acabó, Dora –susurra para sí, insuflándose ánimos y convicción- eso de dejar pasar la vida en un duermevela.

Con un perro tendría también una excusa para salir de casa y pasear, en lugar de quedarse abotargada en el sofá, criando lorza. Y se animaría a arreglarse de nuevo, con ese estilo sutilmente elegante –ahora lo llaman casual– que le caracterizaba, no como esas busconas neurasténicas que en grupos de a tres olisquean la testosterona otoñal tras una avanzadilla de chihuahuas. Posiblemente recorrería cada tarde el boulevard hasta la calle Abad Pinto, donde se detendría para tomar un capuchino con canela en la terraza de la cafetería que hay en la esquina.  Dejaría a la vista sobre la mesa la pitillera –sin encendedor- y el libro que estuviera leyendo.

¿Quién sabe? El día menos pensado un hombre de mundo, educado y atento, acercaría su silla a la de ella y le ofrecería fuego, o entablaría una improvisada conversación sobre la novela que estuviera leyendo en ese momento. Al destino, a veces, solo hay que agitarlo.

El estaría divorciado, o acaso viudo. Con los hijos mayores, ya independizados y que a buen seguro –y a diferencia de Julián, que ni se habrá planteado la posibilidad- llevarían años insistiéndole en que rehiciera su vida con una mujer decente y de su casa. Ambos se irían conociendo poco a poco, dejando que las cosas surgieran a su debido orden, afinando prioridades. Y cuando se hubieran acostumbrado cada uno al otro se podrían mudar al piso de Adoración. Ese punto sería del todo innegociable, ya que desde luego ella no pensaba cambiar de barrio a estas alturas ni mucho menos a ejercer de invitada en casa ajena. El, además, cansado de viajes de negocios, prisas, problemas y comidas de hotel, sin duda se mostraría ansioso por poner finalmente paz y orden en su día a día y llevar una vida tranquila, hogareña. Ya se lo está imaginando a su lado, en el sofá, durmiendo la siesta con la cabeza apoyada en su regazo, o brindando con vino espumoso con ella ante una cena deliciosa, con la ciudad a sus pies tras los cristales de la galería.

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