La fecha de caducidad del perdón

Poco antes de caer la noche regresas –hoy también- malhumorado y con las manos vacías. Estrellas contra el suelo, con rabia, el arpón que improvisaste el día que llegamos, y ni tan siquiera esbozas una disculpa cuando finjo despertarme sobresaltada. No necesito preguntarte para saber que volveremos a cenar raíces amargas, aún a costa de nuevos cólicos e indecibles dolores de estómago.

–Seguro que están a punto de dar con nosotros, ya mucho más no pueden tardar –te digo, tratando de sacarte de ese hosco silencio en que llevas días encerrado.

–Si tú lo dices…

Hace ya un par de jornadas que no compruebas mis vendajes, ni me miras a los ojos cuando viertes mi ración de agua sobre un cuenco de latón. Si acaso, poco antes de marcharte a buscar comida me preguntas si me duele o si me ha subido la fiebre, cuando lo que querrías preguntarme es por qué no me he muerto todavía, por qué me empeño en ponértelo tan difícil.

–Nadie va a venir a buscarnos –me sueltas de repente, sentado en la arena fría junto a mí, frente a un fuego precario.

Lo dejas caer, reanudando a destiempo la conversación detenida minutos antes, como si no quisieras decir más de lo que dices, como si no colgara del final de esas seis palabras, silenciosa pero inevitable, la terrible decisión que en el fondo ya has tomado. Tu mirada, mientras hablas y luego cuando te callas todo lo demás, se pierde culpable en algún punto del océano inmenso que nos rodea, quizás allí donde se hundieron los restos de la avioneta.

–Estás cansado, y hambriento, y es normal que lo veas todo negro. Yo misma a veces pierdo la fe, pero estoy convencida de que mañana las cosas irán mejor, que algo pasará que al menos nos sirva para prolongar nuestras esperanzas –insisto, más por hacerme patente en tus tenebrosos pensamientos que porque realmente así lo crea.

–¿Qué es lo que no has entendido todavía, Ángela? –Me respondes, con desdeñosa exasperación, y percibo claramente que has conseguido destilar ya la suficiente cantidad de odio hacia mí para acometer el siguiente paso–. Si realmente los equipos de rescate nos han buscado alguna vez, a estas alturas ya habrán desistido, ya nos habrán dado por muertos. Y aunque no fuera así, aunque hubiera por ahí avionetas o barcos o qué se yo rastreando los restos del accidente, desde luego no están peinando esta zona, porque los habríamos oído o visto aunque fuera en la distancia. Por lo tanto, desengáñate de una vez: Nos busquen o no, nadie llegará a tiempo de evitar que nos muramos de hambre. Porque, no sé si te has enterado, pero en esta isla de mierda no hay nada que llevarse a la boca.

–Ojalá pudiera ayudarte –intervengo con voz queda, mientras paso la mano sobre mi pierna rota, como si mi inutilidad no fuera evidente.

–Ojalá –gruñes tú, mirándome de soslayo, y comprendo que de nuevo he hablado de más.

Controlando la angustia que me invade, me quedo en silencio a fin de evitar que la conversación se propague hasta ese punto sin retorno en que las palabras se convierten en actos. Luego musito un “buenas noches, amor” y recuesto la cabeza sobre la arena y me quedo quieta, a resguardo de la oscuridad,  cuidándome mucho de no darte la espalda. Entrecierro los ojos y acompaso la respiración sin dejar de vigilarte, un dos tres cuatro, un dos tres cuatro, tratando de incitarte al descanso, de ganar otro día. Una eternidad después te tiendes sobre tu costado derecho, tal vez vigilándome mientras finjo dormir, cerca también del fuego pero a suficiente distancia de mí, y finalmente te oigo roncar, y sólo entonces me quedo dormida yo también.

Y sueño que estamos con los niños, de veraneo en un bungaló que nunca llegamos a alquilar. Ellos juegan en la arena, radiantes, frente a un mar límpido e infinito tras el que se alza el escarpado perfil de una isla distante y solitaria, mientras tú, en la trasera de la cabaña, preparas una barbacoa con todo tipo de carnes.

Me despierta, como desgajado del sueño, un insistente crepitar, acompañado del inconfundible aroma de la madera y las hierbas aromáticas al arder. Ya ha amanecido, y por un instante me sobreviene la esperanza de que hayas encontrado algo comestible que poder echar a las brasas. Pero cuando abro los ojos sólo estás tú, en cuclillas, mirándome de forma terriblemente inequívoca, mientras acaricias el borde romo de un pedrusco.

–Los niños… –empiezo a decir.

–Estarán bien.

Sé que ha llegado mi hora, y que ya nada puedo decir o hacer para postergar el inevitable desenlace. En consecuencia, y también porque pese a todo te quiero, evito incurrir en reproches que ningún resultado obtendrían salvo el de alojarse en tu conciencia hasta el fin de tus días. Además, cómo culparte, si yo en tu lugar posiblemente habría tardado menos días en hacer lo mismo, si a mí también me está volviendo loca el hambre.

Alentado por mi silencio, recoges del suelo la piedra con innecesario disimulo y te acercas. Tiemblas como una hoja y traes los ojos arrasados en lágrimas. Me limito a cerrar los míos y rezar para que el primer golpe sea rápido, certero, definitivo.

Y entonces, en el último segundo, como en una maldita película de serie B, suena a lo lejos lo que parece ser la sirena de un barco.

Abro los ojos, sobresaltada, la alegría pugnando por sacarse el traje de fuerza. Nos miramos –de nuevo tú y yo- en busca de refrendo, como dos extraños en el desierto compartirían un espejismo, tú con el pedrusco aún en lo alto, yo apretando contra el puño el medallón con el retrato de los cuatro durante las vacaciones que nunca disfrutamos. Cuando de nuevo suena la sirena y divisamos la inconfundible silueta de una embarcación fondeando frente a la cala nos empezamos a reír como locos, y nos abrazamos hasta acabar rodando sobre las dunas candentes.

De lo que pasó luego, del traslado en barco primero y luego en helicóptero, guardo un recuerdo vago. La debilidad y la fiebre, y sobre todo la tranquilidad de saberme a salvo, me mantuvieron sumida en un letargo acolchado y espeso.

–Ya despierta –advierte alguien, una mujer, con un marcado acento extranjero.

Recupero por fin la consciencia en un hospital de Tailandia. Me dicen –y no me cuesta trabajo creerlo- que llevo casi dos días durmiendo. El diagnóstico no es tan catastrófico como cabría esperar: La pierna está rota por dos sitios, y hará falta recomponerla mediante material de osteosíntesis. Por su parte,  la herida del abdomen presenta una infección severa que deberá ser tratada con antibióticos y curas periódicas. Pero por lo demás, salvo un par de buenas cicatrices y una leve cojera residual, parece que saldré bien parada de ésta, y que en breve podrán trasladarme a mi país.

–Su marido… –me dice la única enfermera que habla mi idioma, con cautela.

–¿Qué pasa con él? –le interpelo, súbitamente alerta.

–Pregunta si puede pasar a verla.

Un minuto después entras en la habitación, como un conejillo asustado. Portas un ramo de flores espantosas y un pliego de disculpas en la punta de la lengua. Abro los brazos por toda respuesta, con una sonrisa conciliadora, y mientras te derrumbas sobre mí entre sollozos aliviados te digo mil veces que te perdono, y que te quiero, y te hago prometer que antes de que acabe el año, esta vez sí, alquilaremos por fin el bungaló de la playa, e iremos con los niños. Y te beso luego mil veces en el cuello, mientras me pregunto cómo sabrá tu carne sazonada con romero.

Autor : Erre Medina

Escribo para ti, así que cualquier comentario será bienvenido.

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