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La Fila
Por erre medina Publicado en Relatos en 07/09/2019 0 Comentarios 7 min lectura
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Después de varias semanas de anunciar la gira en prensa, radio e internet, especulándose incluso con que podría ser la última del grupo que incluyera algún concierto en España, no le sorprendió a XX que la cola para comprar las entradas ocupara más de tres manzanas. Era una fila tan imponente que -¡maldición, que no llego!- podía verse desde la ventana de su propio cuarto.

XX salió deprisa y sin despedirse de su madre, palpando la abultada billetera a través del bolsillo trasero derecho de su tejano mientras bajaba las escaleras de dos en dos peldaños. Alcanzó la calle y con unas pocas zancadas se integró en la ordenada formación de personas. Confiaba en que el aforo del recinto fuera suficiente para acoger a tanta gente.

Recuperó el resuello y buscó sin éxito alguna cara conocida. Le sorprendió lo variado de los integrantes de la fila. No hallaba en ellos la relativa uniformidad en vestimenta, edad o incluso estrato geosociocultural que habitualmente tiende a darse en congregaciones de este tipo. En concreto, le llamaba especialmente la atención la presencia de un buen número de personas mayores incluso que sus propios padres, a quienes por supuesto no se imaginaba en un concierto que incluía en su repertorio temas en favor de la legalización de la marihuana o de marcado contenido sexual. Supuso al respecto que se trataría de padres o abuelos guardando sitio para familiares más jóvenes, que posiblemente les tomarían el relevo a la que empezara a anochecer. En ese momento XX se dio cuenta de que con las prisas se había dejado el teléfono móvil en casa. Si la compra de las entradas se demoraba iba a tener un problema para avisar del retraso.

No parecía, empero, que hubiera motivos para la preocupación. La cola avanzaba a buen paso. De seguir así, calculó, en poco más de una hora alcanzarían el punto de venta.

Tras XX había seguido llegando gente a la fila, tanta que resultaba absolutamente imposible desde su posición vislumbrar su final actual. No había visto cosa igual en su vida, y al parecer no era el único: Los viandantes se detenían asombrados ante la interminable riada de gente que atravesaba lentamente el centro de la ciudad, y algunos turistas orientales hacían fotos con sus terminales móviles mientras sonreían con educada y transversal incredulidad.

Por su parte, los integrantes de la formación, heterogéneos como se ha dicho en todo lo perceptible salvo en su simultánea aplicación de las limitaciones y reglas inherentes a las filas, sentían un inefable orgullo de pertenencia a algo más grande que ellos. A algo que, si bien no comprendían ni tampoco les representaba, les otorgaba relevancia. A algo que pese a eclipsarlos como individuos los hacía merecedores de atención y respeto. A algo que no era ni tan siquiera el trasunto de sus voluntades, pero que consideraban de alguna forma suyo y por ende susceptible de ser defendido, aún desde la ignorancia y las entrañas.

XX empezó a comprender que las cosas se escapaban a su control cuando se hallaba a escasos doscientos metros del punto de venta. Primero lo achacó a un efecto óptico producido por el sol que se desparramaba sobre el asfalto, pero no tardó en constatar la evidencia: la cola no desembocaba en el establecimiento donde se vendían las entradas del concierto, sino que seguía calle abajo. De hecho, de la tienda de discos salía su propia fila, mucho más insignificante, lúdica  y homogénea que aquélla que alejaba al muchacho de su objetivo original.

Si otros integrantes de la cola habían sufrido la misma confusión que él, no lo demostraron. Nadie se salió de la formación, o al menos giró la cabeza en busca de quórum o coartada para hacerlo en condiciones y compañía suficientes para vencer el miedo al ridículo. Decidió pues XX continuar en su puesto. Tiempo habría, trató de engañarse, para pasar a comprar las entradas a la vuelta, una vez supiera a dónde se dirigía tan descomunal procesión de gente.

Procuró que el miedo y la angustia creciente no se translucieran en su rostro mientras poco a poco, metro a metro, el insensato desfile iba recorriendo la ciudad y a la vez alimentándose de sus ocupantes. Avanzaban en inmutable silencio, los gestos pétreos, adentrándose en barrios que a muchos les eran ya desconocidos. El tiempo, definitivamente desgajado de relojes y calendarios, se desbocaba con salvaje crueldad, sembrando una losa de añoranza y distancia vital en las pequeñas almas individuales.

Llegó, con mucho retraso, la noche.

Avanzaban – al menos a la altura de la fila en que desfilaba XX – por un sendero polvoriento. La ciudad era apenas un espectro lumínico a sus espaldas que teñía de tonos amarillo y magenta las nucas de los compañeros que le precedían. No había luna y los tropezones prodigaban, así como la sensación de agotamiento. Nadie esperaba, empero, descanso, y no lo hubo.

El incidente sobrevino a escasos sesenta metros de XX, como a unas doscientas personas por delante. Fue primero un susurro, seguido de gemidos de alarma y forcejeos. No tardó en ver correr al hombre, intentando escapar de la formación mientras docenas de brazos trataban de sujetarlo. De persistir en su desesperada trayectoria, pronto pasaría cerca de donde el joven estaba, lo que hizo que al instante se preguntara cómo debía obrar: ¿Dejarle marchar? ¿Escapar con él? ¿O acaso retenerle a cualquier precio en la fila?

Por suerte para su conciencia, XX no tuvo que tomar decisión alguna. El fugitivo cayó al suelo a consecuencia de una zancadilla, y una vez allí fue golpeado sin piedad por sus compañeros, hasta que su instinto de supervivencia le llevó a incorporarse y reintegrarse al grupo de caminantes.

Sustraído paso a paso el interés por el dónde y el cuándo, oculto el mundo por la noche eterna sin luna y la falta de albedrío, avanzaban hombres y mujeres con la vista fija en el compañero de referencia. Atrás quedaron sueños, pensamientos, añoranzas y miedos. Las fuerzas, ya en brazos de la inercia, ni tan siquiera anhelaban la liberación de un destino. La vida, en fin, se había reducido a no salirse de la fila.

Y luego, al final, sin saber cómo, llegó el nuevo día

Cuando la cola desapareció delante de él  XX estuvo a punto de caer al suelo. Una inmisericorde sensación de vértigo le invadió ante la falta de referencias, y en el espacio libre que pasó a ocuparlo todo volvió a reconocer colores y lugares.

Tardó una eternidad en comprender que la fila le había devuelto al lugar en que se incorporó a la misma, y –dedujo- que previamente había hecho lo propio con los compañeros precedentes, reintegrando a cada uno a su sitio de origen.

Frente a él, desperdigados, desconcertados como un puñado de náufragos, se miraban aún con desconfianza los restos de la fila, desbaratados, entorpeciendo el paso urgente de los transeúntes que ignorantes seguían tratando de ocuparse de sus vidas. XX fue uno de los primeros en dar media vuelta y regresar a su casa.

Calle abajo, la cabeza de la fila seguía avanzando con los que aún no habían completado el viaje. Lejos de allí, en otro tiempo, lugar y circunstancias, nuevos miembros se estarían incorporando a la cola de la formación, prisioneros de sus propios motivos equivocados.

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