La memoria de los cambios

la memoria de los cambios - relatos breves fritos

A lo lejos suena la sirena de un camión de bomberos, aunque también podría ser la de una ambulancia o incluso la de un coche de policía: Esmeralda nunca se ha preocupado en distinguir entre los sonidos estridentes con que la ciudad araña a veces los ventanales de su piso, y hoy desde luego no tiene el cuerpo ni el ánimo para empezar a hacerlo. Poco a poco, el sonido de la sirena se desangra en pos de su urgencia y la estancia vuelve a sumirse en el insoportable silencio en que lleva instalada desde anoche.

Junto a Esmeralda, sobre el cojín izquierdo del sofá granate de tres plazas que preside el salón comedor, descansa la carta. Desde ayer la habrá leído más de cincuenta veces, intentando primero domesticar la incredulidad con los ojos muy abiertos, luego masticando el porvenir inmediato en pequeños bocados de angustia, y derrotada por último una vez el sabueso del desengaño acabó por desenterrar las mentiras que deberían haberle sido evidentes de no haberlo amado tanto.

Hace ademán de coger el arrugado papel de nuevo, pero desiste en el último momento. ¿Para qué? Ha asumido que Agustín tomó la decisión de abandonarla para irse con otra, y que ya no volverá. Punto final.

Se queda sentada, pues, quieta, mientras la oscuridad emborrona los contornos de su hogar con implacable parsimonia. Quieta, escuchando apenas el sonido de su propia respiración y el enervante zumbido del congelador que Agustín juraba no oír por tal de no acceder a sus peticiones de devolver el electrodoméstico aprovechando que aún estaba en garantía o –aún mejor- sustituirlo por uno de clase energética A+++.

  • Hijo de puta –musita, para sí.- Hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta…

Si no hace algo pronto, lo que sea, sabe que se volverá loca.

Enciende la lámpara de araña del techo y saca de un armarito el estuche de falso terciopelo que contiene –entre otros – un cedé que le encantaba de soltera y que no había vuelto a escuchar en más de veinte años de matrimonio. Lo introduce en la bandeja del equipo de alta fidelidad y le da al play. Se sirve una copa de coñac en la copa que usaba Agustín para tomar el coñac más o menos a esa hora todos los domingos, y tras darle un sorbo hace una mueca de asco y deposita la copa sobre la mesa de centro.

Trata de tararear la canción que suena, bajito, que las paredes son de papel. Intenta concentrarse en la letra, emocionarse con el estribillo como antaño, pero la canción le resulta ahora cursi, simple, como si hubiera enfermado de tiempo y realidad. Cual si se tratase de una visita inoportuna, Esmeralda no ve el momento de que acabe para poder apagar el equipo de música y devolver el cedé a su funda y la funda al armarito.

Se sienta de nuevo en el sofá granate de tres plazas, al lado de la carta de despedida de Agustín.  ¿Qué echarán a esta hora en la tele? Esmeralda no lo sabe, porque normalmente a esa hora su marido solía ver el partido de fútbol y ella aprovechaba para preparar la comida para la semana siguiente, que luego compartimentaba en tuppers de colores con capacidad para dos raciones y que después, convenientemente etiquetados y datados, colocaba en el congelador.

Enciende el televisor y hace un barrido con el mando a distancia. No echan nada que le llame la atención, y finalmente decide dejar el canal donde está a punto de empezar el partido de fútbol en que juega el equipo de Agustín. En lo que comienza el encuentro, retira la copa de coñac de la mesita de centro y se la lleva a la cocina para lavarla. Sobre la encimera se encuentra dos pollos cortados a cuartos que dejó descongelando ayer para hacerlos en pepitoria, y ante la perspectiva de que se le acaben estropeando opta por ponerse a cocinar mientras desde el salón comedor el locutor dicta a viva voz las alineaciones de los equipos.

Más tarde, aprovechando que la salsa hace chup-chup, Esmeralda se lleva la copa de coñac, ya limpia y seca, al carrito de cristal situado al lado de la librería del salón comedor y la deposita en perfecta alineación junto a las otras cinco copas iguales que conforman el juego. El locutor se lamenta de una ocasión perdida por el equipo local, mientras la mujer repara en el cerco líquido que la copa de coñac dejó antes al depositarla en la mesa de centro y lo seca con la bocamanga de su bata.

Toma en ese momento la decisión –a saber por qué- de romper la carta de Agustín en mil pedazos, y luego quemar los trozos en un bol. Tal es la brusquedad de su determinación que al aproximarse al sofá tropieza con una mesita auxiliar que su marido solía utilizar a modo de reposapiés, y se hace una pequeña brecha en la rodilla. Enfadada, le da una patada a la mesita, lanzándola a través de la estancia contra un revistero que, a consecuencia del impacto, se vuelca, desparramando una veintena de ejemplares del Hola y el Diez Minutos por el suelo.

Cojeando levemente y al borde de las lágrimas entra en el baño y extrae del armarito de cristal situado sobre el lavamanos un bote de plástico con agua oxigenada, y un rollo de algodón. Se sienta en el sofá y se desinfecta la herida. Escuece un poco, pero tras dos o tres toques deja de sangrar.

  • Cura, sana, culito de rana – tararea con la voz entrecortada, y luego rompe a llorar en silencio. Finaliza la primera parte del partido y pasan a los anuncios.

Tira unos minutos después el algodón ensangrentado por la taza del inodoro, y devuelve al armarito el rollo de algodón y el agua oxigenada. Luego recoge las revistas y las vuelve a colocar en el revistero, y finalmente retorna la mesita auxiliar a su posición inicial. Con un respingo, y mientras recién comenzada la segunda parte le pitan un dudoso fuera de juego al delantero del equipo visitante, le parece a Esmeralda oler a pegado y corre hacia la cocina justo a tiempo de evitar que el pollo se le queme. Reparte el guiso en tres tuppers de color naranja y los deja destapados sobre la encimera para que se enfríen y puedan ir al congelador.

Decide que sería buena idea dejar preparadas unas albóndigas a la jardinera para tenerlas listas para almorzar el martes y el jueves. Por desgracia, tras descubrir ayer la carta de Agustín en el bolsillo de su americana y debido a la posterior discusión cuando éste llegó del trabajo, no tuvo cabeza para descongelar la carne molida. Aunque no es demasiado partidaria de este tipo de remedios, Esmeralda decide que descongelará la carne introduciéndola en un recipiente con agua caliente, así que abre el congelador. Debido a su deficiente calificación energética, el cuerpo de Agustín aún no está rígido del todo, lo cual no obsta para que debido a su envergadura sea necesario excarcelarlo del electrodoméstico para acceder a la carne de vacuno.

Decide finalmente retornar a su marido a su sitio en lo que trastea en la cocina, descubriendo que en su postura actual Agustín encaja como un guante en el sofá granate, al que previamente coloca un pañito para evitar que le traspase la humedad. Vuelve luego Esmeralda a sus quehaceres y prepara una picada de ajo y perejil mientras espera a que el agua hirviendo descongele la carne molida. En la tele se vuelven locos de alegría cuando el equipo de Agustín mete el gol de la victoria en el último minuto. Esmeralda sonríe mientras la cebolla le arranca un par de lágrimas al trocearla.

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