Las reglas del guardamuebles

Las reglas del guardamuebles son pocas y muy claras:

  1. Almacenamos lo que usted quiera, siempre que no huela, no haga ruido y no sea potencialmente nocivo o peligroso para terceros.
  2. No hacemos preguntas, ni queremos explicaciones, ni asumimos responsabilidades.
  3. Dispondrá usted de una llave de su trastero o contenedor. El guardamuebles, pese a contar con una llave maestra, se compromete a no utilizarla salvo el caso de darse la situación contemplada en el punto cinco.
  4. Si se produce el impago de una de las cuotas le enviaremos una carta certificada con acuse de recibo al domicilio que designe usted a tales efectos, exhortándole a que se ponga al corriente de pago.
  5. En caso de persistir la situación de morosidad durante quince días a contar desde la recepción del requerimiento, el guardamuebles procederá a subastar los objetos que se hallen en el interior del trastero o contenedor hasta cubrir el montante de la deuda, contactando con el cliente en el número de teléfono que a tal efecto deje indicado éste a fin de que acuda a retirar los objetos sobrantes o el dinero excedente en la subasta.
  6. De no acudir el cliente a retirar los enseres en un plazo superior a una semana, el guardamuebles quedará facultado para subastar el resto de pertenencias depositadas por aquél y/o a hacer suyo el dinero sobrante en la subasta.

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Cambio de vías

Cuando acabamos de hacer el amor, la mujer que dice haber sido mi novia en el instituto me besa en la mejilla, se ciñe una bata que ha conocido mejores tiempos y se va a la cocina con la promesa de prepararme mi plato favorito.

– Ni se te ocurra escapar, Tomás – me advierte con un gesto admonitorio rebosante de picardía.

Ni me llamo Tomás ni guardo un recuerdo de la mujer que ahora trastea en la cocina más lejano a lo acontecido las últimas semanas, pero no digo nada. ¿Para qué sacar a flote la verdad cuando la mentira es lo único que parece sólido? Me levanto de la cama y enciendo un cigarrillo. A través de la ventana del pequeño apartamento de Inés se puede ver buena parte del barrio: Apenas cuatro manzanas rodeadas de nada, cuatro manzanas, típicas, anodinas, compuestas de lugares comunes: ropa en los tejados, murmullos asincopados de seriales y noticieros y un inefable olor a suavizante y apio. Al fondo de todo, lindando con la bruma, la estación del ferrocarril donde me apeé hace apenas un mes.

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La muerte que vendrá

Dicen que una de las dos primeras cosas que hacemos los tíos cuando nos sentamos ante un ordenador con conexión a internet es teclear nuestro nombre en un buscador. Yo pasaba de los treinta cuando me dio por escribir Gabriel+Aregay+Folch en Google.

Las primeras entradas eran las que cabía esperar: perfiles que me había abierto en algunas redes sociales, un blog sobre literatura que empecé años atrás y del que ya ni me acordaba, mi pequeña contribución a la lista de los ciudadanos que en 2008 no pagaron el impuesto de bienes inmuebles… Estaba por abandonar la búsqueda y dedicarme a la otra cosa que hacemos los tíos delante de un ordenador cuando uno de los resultados me llamó la atención.

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Cuentas pendientes

Cuando la adolescente pelirroja de la mesa de al lado pidió su tercera cola light, Héctor Ruíz empezó a considerar seriamente la posibilidad de que el amor de su vida le hubiera dado plantón.

Se reconvino acto seguido: ¿Qué es una hora de retraso cuando ella lleva casi dos décadas esperándome? E imbuído de renovados ánimos, el hombre de mediana edad en que se había convertido siguió esperando en el bar cafetería anexo al viejo instituto, varado cual náufrago anacrónico entre el bullicio estudiantil.

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El polizón

– Así que no eran ratas – Dije en voz alta para que toda la tripulación me oyese.

El polizón me miraba desde la profundidad de la bodega, los ojos enormes y asustados queriendo desligarse de su rostro demacrado. Aún sostenía en su mano derecha un buen trozo de cecina, y no me hubiera sorprendido que el bribón hubiese tenido la indecencia de dar buena cuenta de él en nuestra presencia.

Cuando lo tuve frente a mí, constaté que era muy joven. Apenas un mozalbete imberbe que me miraba con una mezcla de recelo y curiosidad.

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