La fecha de caducidad del perdón

Poco antes de caer la noche regresas –hoy también- malhumorado. Estrellas con rabia el improvisado arpón contra el suelo, y ni tan siquiera esbozas una disculpa cuando finjo despertarme sobresaltada. No necesito preguntarte para saber que esta noche volveremos a cenar raíces amargas, aún a costa de nuevos cólicos e indecibles dolores de estómago.

Hace ya un par de jornadas que no compruebas mis vendajes, ni me miras a los ojos cuando viertes mi ración de agua sobre un cuenco de latón. Si acaso poco antes de marcharte a buscar comida me preguntas si me duele, cuando lo que querrías preguntarme es por qué no me he muerto todavía, por qué me empeño en ponértelo tan difícil.

– El invierno se nos está echando encima – me sueltas de repente, como si no quisieras decir nada, como si inconscientemente no acariciaras el borde romo de un pedrusco.

No digo nada, lo cual en mi situación es poco menos que dar mi permiso para el inevitable desenlace. ¿Cómo culparte, si yo en tu lugar habría invertido menos días en hacer lo mismo?

Te levantas, y aprovechas los últimos instantes de sol para hacerte con una generosa brazada de ramas secas. Sólo cuando vas a disponer la hoguera reparas en lo inadecuado de la situación. Lo comprendo: a mí también me está volviendo loca el hambre.

Recoges del suelo la piedra con innecesario disimulo, y te acercas. Traes los ojos arrasados en lágrimas y aunque sé que cualquier palabra mía bastaría para salvarme, al menos hoy, me limito a cerrar los ojos y rezo para que el primer golpe sea certero.

Como en una maldita película de serie B suena en el último instante la radiobaliza de emergencia desde el interior de la cabina de la avioneta, avisando de que el rescate está en camino. Abro los ojos sobresaltada, la alegría pugnando por sacarse el traje de fuerza. Nos miramos en busca de refrendo, como dos extraños en el desierto compartirían un espejismo, tú con el pedrusco aún en lo alto, yo sujetando el medallón con el retrato de nuestros hijos. Cuando de nuevo suena la baliza nos empezamos a reír como locos y nos abrazamos hasta rodar por la ladera.

El helicoptero llega pocas horas después. Cuando recupero la consciencia en un hospital de Tailandia me dicen que llevo casi dos días durmiendo. Me preguntan si puede pasar mi marido. ¡Claro que sí! Entras en la habitación como un conejillo asustado, con un ramo de flores espantosas y un pliego de disculpas en la punta de la lengua por si hiciera falta. Abro los brazos por toda respuesta y mientras te derrumbas sobre mí entre sollozos aliviados te digo mil veces que te quiero y te beso mil veces en el cuello, mientras me pregunto cómo sabrá tu carne sazonada con romero.

Autor : Erre Medina

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