A ciegas

– ¿Le ayudo a cruzar, caballero?
– Es usted muy amable.
Le sujeto levemente por el antebrazo en que no porta bastón, lo justo para guiarle entre el tráfico sin que se sienta violentado. Dos minutos
después está a salvo en la otra acera.
Me da las gracias y le veo alejarse a buen paso por una calle que no he visto en la vida. Extrañado, miro en derredor: nada de lo que me circunda
me resulta familiar, ni hay peatones a los que pedir ayuda. Calle abajo, el ciego regresa por fin a casa.

Autor : Erre Medina

La maleta de arena

Depositó sobre la arena la maleta, que llevaba preparada bajo la cama desde hacía semanas, y cerró con cuidado la puerta de la cabaña. Con los años el sueño de Bertina se había ido volviendo quebradizo y malcarado, y si algo no deseaba el fugitivo era tener una escena que mediatizase el adiós.

Con el corazón encogido, pero sin mirar atrás, el hombre comenzó a remontar las dunas de arena fina que conducían hacia el lugar donde había aparcado su viejo Citroën Xsara corroído por el salitre. Fue entonces cuando escuchó los gritos de auxilio. Leer más

Falsa alarma

Sólo yo sabía que eran dos, tan idénticas como reservadas. Si aplicaba el ojo a la mirilla hacia las once de la noche veía regresar a su apartamento a la más recatada. Un par de horas después salía la otra, con un atuendo que dejaba bien poco a la imaginación.
Y entre las once y la una discutían, casi siempre, en tono más agresivo que alto. Desde mi lado del tabique apenas se filtraban algunas palabras preñadas de reproches, que tras el portazo se bifurcaban. Leer más

El dilema

Al día siguiente los informativos hablarían de los casi cien litros por metro cuadrado que la tormenta descargó en poco más de una hora. Entrevistarían a vecinos que jurarían no recordar una lluvia tan intensa en toda su vida, emitirían imágenes impactantes de los devastadores efectos de la riada tomadas desde dispositivos móviles, y hasta es posible que más de un reportero tuviera que introducir en diferido sus botas en el fango para dar noticia de lo allí ocurrido con la debida implicación escénica.

Pero todo eso sucedería, como digo, al día siguiente, demasiado tarde para rescatar a las dos mujeres que piden auxilio desde el interior de un Citroën color gris antracita que la riada está arrastrando inexorablemente hasta el embalse de Arestes. Y mientras esto pasa, desde las orillas que ha conformado el caudal desbocado no son pocos los que observan: todos gritan, muchos aconsejan obviedades y algunos hacen llamadas a servicios de urgencias que no llegarán a tiempo. Sólo Adrián se lanza al agua.

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La caja de ceras

La primera vez que vieron al artista, Asunción y Carlos paseaban –los dedos entrelazados, los relojes en la mesilla del apartamento- por la avenida marítima. Era jueves de mercadillo en la pequeña población turística, y a duras penas conseguían avanzar entre el gentío. El pintor exponía sus dibujos entre un puesto de venta de charcutería local y otro de ropa interior femenina, lo que confería a sus paisajes y retratos un cierto aire de producto perecedero y descontextualizado.

Fue Asunción quien se detuvo para apreciar con la debida diligencia los trazos sobrios y elegantes con que el artirsta estaba plasmando el rostro de un niño que unos metros más allá comía con delectación un helado. El pintor había esparcido sobre su mesa de trabajo un buen número de ceras de colores al volcar una cajita de cartón forrada de estaño, y a una velocidad pasmosa iba dotando con ellos de matices las mejillas, el iris deslumbrado de los ojos, los mechones de pelo apelmazados por el salitre del mar… Se hubiera quedado la mujer un buen rato allí plantada, por ver cuánto era capaz de arrancarle el dibujante a la realidad, pero Carlos tironeaba de ella con creciente insistencia, impaciente por llegar al chiringuito antes de que se llenara y tuvieran que tomar el aperitivo de pie.

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