Un plato más en la mesa - Relatos cortos

Un plato más en la mesa

Cuando se ha vivido en la calle el tiempo suficiente, como he vivido yo, la memoria acaba por convertirse en una especie de plano secuencia imposible de compartimentar en unidades de tiempo. Desde el suelo, donde va a parar lo que nadie quiere, te limitas a aceptar dócilmente los escrutinios que preceden a las limosnas, y a dar las gracias a quien te trasvasa parte de su calderilla si estás lo suficientemente sobrio, pero desde luego no retienes rostros ni elaboras estadillos de gratitud.

No obstante, recuerdo perfectamente la primera vez que Magdalena reparó en mí.

Fue hace casi un año, durante las pasadas navidades, apenas dos o tres días antes de nochebuena. Yo estaba estratégicamente instalado junto a la puerta de un conocido centro comercial, como una disonante espinilla en la mismísima jeta del espíritu navideño, dispuesto a beneficiarme de la mala conciencia de los consumidores. Ya era noche cerrada cuando ella salió del establecimiento de la mano de un fulano (su marido, según supe tiempo después) que pugnaba sin demasiado éxito por encasquetarse un ridículo gorro de Santa Claus que le quedaba ostensiblemente pequeño. El frío racheado de la calle sorprendió a la mujer, que se detuvo un instante en la acera para subirse el cuello del abrigo.

Entonces, como digo, me vio, y sin titubeos ni prevenciones vino hacia donde yo estaba. Se puso en cuclillas, a mi altura, y tras rebuscar en el bolso depositó en mi mano con delicadeza un billete de veinte euros. No rehuyó la mirada que entre turbia y suspicaz le lancé, y lejos de marcharse una vez aliviados los remordimientos, como suele hacer el resto, permaneció a mi lado un rato más. Me preguntó con gravedad, aunque evitando violentarme, si podía hacer algo por mí, si necesitaba cualquier otra cosa. No le respondí, o acaso me limité a gruñir, desacostumbrado como estaba a todo aquello que no fuera recibir sin chistar las sobras que los transeúntes quisieran lanzarme. Lamenté demasiado tarde no haberle pedido una manta (Planta cinco: textil y descanso), o al menos demostrarle que podía comportarme como algo más que un despojo embrutecido. La vi perderse, en fin, entre el gentío de la Gran Vía, departiendo con su acompañante, bajo un psicodélico desbarajuste de luces y villancicos.

Ya casi había llegado la primavera la segunda vez que Magdalena me dio una limosna. Yo había vuelto a mi lugar habitual, junto a una entidad bancaria sita en la parte peatonal del paseo de los Infantes. No me pregunten cómo, pero al pasar me reconoció y se detuvo. Mientras me deslizaba otro billete de veinte en la mano me preguntó con una sonrisa franca si seguía sin necesitar nada. Negué con la cabeza, pero cuando ya se marchaba quise saber su nombre.

–Magdalena –respondió. Y luego añadió “encantada” cuando le dije el mío.

Volvió, más veces, la mayoría con su marido. Ella se quedaba un rato charlando conmigo mientras él aguardaba a prudente distancia, mirando a un lado y a otro, visiblemente incómodo. Antes de irse, siempre, Magdalena me pasaba algo de dinero, con disimulo.

–No es necesario –protestaba yo, aunque sin retirar la mano.

–Algún día no lo será.

Poco a poco aprendí a esperar sus visitas, a anhelarlas con el ansia inefable y terca con que nos aferramos al último bastión de nuestra cordura, sin atreverme a cambiar de ubicación, localizable y dispuesto como un perro que no sabe si ha sido abandonado.

Sucedió que, tras un prolongado periodo de ausencia y cuando ya se acumulaban negros nubarrones en mi mente, la vi acercarse finalmente una tarde, calle abajo, vestida de riguroso luto, el rostro delatando los días umbríos que había vivido recientemente.

–Imagina lo peor –me respondió, cuando por primera vez en nuestra breve historia fui yo el me interesé por ella.

Con una entereza que desdecía el temblor de su voz, me habló de la súbita enfermedad de su marido, y de los días de incertidumbre y deterioro que precedieron al triste desenlace. Me puse a su disposición para lo que precisara, con dos cojones, como si yo estuviera en condiciones de resultar de alguna utilidad. Ella, empero, agradeció el gesto superponiendo su mano pálida y diminuta sobre las mías. En algún momento del encuentro, no recuerdo exactamente cuándo, se sentó a mi lado, sobre los cartones, en el suelo. Y poco a poco, sin saber cómo, nos pusimos a hablar de todo y de nada, como viejos conocidos, hasta que anocheció.

La siguiente vez que Magdalena me visitó insistió en que la acompañara a su casa. Había preparado ración doble de comida, dijo, porque aún no se había acostumbrado a cocinar para una sola persona, y nada le haría más feliz que invitarme a almorzar. Hizo oídos sordos ante mis reticencias, que no eran pocas ni infundadas, así que finalmente no me quedó más remedio que aceptar encantado.

–¿Quieres algo de beber? El cordero tardará aún unos minutos.

–No se moleste, por favor, estoy bien.

–No es molestia. Y no me trates de usted.

–Cualquier cosa que esté fría servirá. Gracias.

No me atrevía a sentarme en el sofá, por miedo a mancharlo, así que di una vuelta por la estancia, curioseando sin demasiado interés, mientras Magdalena trasteaba en la cocina. Su vivienda era como era ella, algo demodé pero acogedora, abarrotada de fruslerías y recuerdos de todo tipo. Y fotografías, por doquier, a docenas. Posaba en las mismas, casi siempre, con su esposo, a quien visto lo visto tenía querencia a ataviar con los atuendos más desconcertantes e incómodos. Tan sonrientes se les veía, tan enamorados, que no pude evitar sentir una insobornable  punzada de envidia.

–Éramos tan felices… –suspiró Magdalena, que malinterpretó la mueca en mi rostro cuando entró con la bandeja del cordero.

Comí ese día hasta hartarme, pugnando entre los buenos modales que una vez tuve y la perspectiva de volver a los bocadillos rancios con inminencia, y acepté de buen grado la posibilidad que me brindó de utilizar su cuarto de baño y los útiles de afeitado de su difunto marido. Las toallas eran suaves y olían a vainilla, y el agua caliente me pareció un invento de los dioses. Cuando hube acabado, al mirar mi reflejo en el espejo empañado me di cuenta del tiempo transcurrido, y de lo poco que quedaba de lo que una vez fui en mi rostro.

A Magdalena, en cambio, mi nuevo look le pareció tan digno de alabanza como una transfiguración. Insistió en llenar una bolsa de deporte con algunas prendas del finado (luego supe que también coló un sobre con dinero entre ellas) y metió los restos de la comida en un tupper.

Nos despedimos con un abrazo en el rellano, un abrazo que prolongué por no poner fin al momento y, también, porque era la primera vez en años que podía acercarme a otro ser humano sin avergonzarme de mi propio olor corporal. Bajé luego un par de escalones, torpe y angustiado, y entonces, sin saber aún por qué, miré hacia atrás: Magdalena estaba llorando en el dintel. Desanduve lo andado con el corazón desbocado y nos besamos largamente en la boca, y ya no volví a las calles.

Durante el tiempo dichoso que siguió fui suprimiendo, uno por uno, los hábitos que adquirí en la calle, y antes de lo que cabría pensar  ya había conseguido incluso -¡qué gran alcahueta es la apariencia!- un trabajo de dependiente en una tienda centenaria de ultramarinos en el centro de Ciudad. Con mi primer sueldo invité a Magdalena a un arroz negro en un restaurante con vistas al paseo marítimo.

Ella asistía a mi transformación, a mi reincorporación al mundo de los ciudadanos respetables, como si fuera la cosa más natural del mundo. Sonreía, eso sí, sin poder disimular su orgullo cuando me veía tejer planes de futuro que nos implicaban a los dos, o mientras la abrumaba parloteando incesantemente sobre las insignificancias de la jornada laboral. No obstante, en ocasiones,  cuando creía que no la miraba, me parecía detectar en sus ojos un poso de anticipada melancolía.

Nos acostumbramos a dar largos paseos en mis jornadas de asueto o   cuando me venía a buscar a la salida del trabajo. Ella se detenía durante esos trayectos sin rumbo,  a menudo, ora  maravillada ante los hallazgos más triviales, ora para repartir con despreocupación su magra pensión entre cuantas personas necesitadas encontraba a su paso.

Las semanas, y luego los meses, discurrieron casi sin que nos diéramos cuenta.

Hasta que llegó el día en que –iluso de mí- me creí lo suficientemente fuerte para hacerle frente al pasado. Había transcurrido tanto tiempo desde el día en que me perdí (desde el día en que acabé de perderme), que daba por hecho que ninguno de los que una vez me quisieron continuaría con vida. No esperaba, pues, otra cosa que no fuera constatar la pérdida y aprender a vivir, después, con la culpa. Bajo esa convicción reuní el valor suficiente y marqué el único número de teléfono que no había conseguido olvidar. Contra todo pronóstico la voz inconfundible de mi madre atendió la llamada al tercer tono. No fui capaz de articular palabra, y colgué, ahogado por la urgencia de mil llantos atrasados.

Se lo conté ese mismo día a Magdalena, todo, empezando por la reciente llamada a casa de mis padres, y destejiendo desde ese punto el relato de mi vida, recorriendo el camino inverso, el que va de la redención a la inocencia, a través de un tortuoso camino conformado por casi treinta años de malas decisiones.

Magdalena me escuchaba en silencio, esperando paciente, insondable, a que me vaciara, y me abrazó al final, y me dijo que todo estaba bien. Luego, durante la cena, se instaló cada uno en su propio silencio, hasta que ella súbitamente se levantó de la mesa y desapareció tras la penumbra de un pequeño cuarto que hacía las veces de trastero. Volvió portando una caja de cartón.

–Es hora –dijo, con una sonrisa leve— de devolver el pasado al pasado.

Y dicho esto, fue sacando de cada uno de los portarretratos de la estancia las fotografías en que aparecía su difunto marido, y sustituyéndolas por otras en que éramos nosotros dos los protagonistas, o sólo yo pero a través suyo, o sólo ella posando para mí. Nunca sentí tanto amor por una persona. Quise levantarme y abrazarla, pero me fallaron las piernas y volví a derrumbarme sobre la silla, estrepitosamente, volcando mi copa de vino y el plato con los restos del estofado.

–Estoy pensando– añadió Magdalena– que ahora que ya no estarás debiera invitar un día a casa a Leo. Ya sabes, el mendigo que suele instalarse en la trasera de San Telmo.  ¡Es que tenemos la nevera a reventar de comida, querido, si hubiera sabido antes todo esto!

El veneno hacía su función con celeridad y poco podía hacer salvo contemplar impotente cómo Magdalena iba dejando caer una a una las  fotografías de su difunto marido en el interior de la caja, donde resbalaban hasta cubrir parcialmente las de sus antecesores, conformando un macabro montículo de desgraciados a los que –como yo- nadie echaría nunca de menos.

Magdalena captó mi mirada horrorizada. Casi con dulzura acercó su oído a mis labios, de los que brotaba un balbuceo apenas audible.

–No, cariño –repuso–. Olvidas un matiz importante. Yo no quería que tú fueras feliz. Lo que yo quería era hacerte feliz. Pero, como los demás desagradecidos que te precedieron –añadió, señalando el interior de la caja– a la que te liberaste de la mugre decidiste que ya no te bastaba conmigo.

Y mientras las fuerzas me abandonaban sacó del armario su vestido de luto y se lo probó ante el espejo, constatando con recatado alborozo que todavía le servía.

Autor : Erre Medina

Escribo para ti, así que cualquier comentario será bienvenido.

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