Vidas puntuales

vidas puntuales - relatos breves fritos

A las ocho y diecisiete de la mañana, puntual como de costumbre, el metropolitano con número de licencia 681 abandona la estación de Cinco Rosas y tras recorrer unos doscientos metros emerge a la superficie después de una eternidad bajo tierra. Dentro del último vagón, como cada día a la misma hora, Román se deja empapar por las pequeñas novedades que le brinda el repetido paisaje, por los pequeños puntos de fuga que el azar o algún hecho mínimamente maravilloso han situado en el ángulo muerto de la rutina.

Por ejemplo, un día puede faltar a la cita el señor Roque, que es el nombre que Román le presume al simpático ancianito de la chaqueta de pana color oliva que con gesto abstraido suele sentarse en un banco desvencijado situado frente a unos columpios habitualmente vacíos. Otro día es posible que no falte ninguno de los figurantes, pero que a cambio y por ejemplo la presunta Margarita se haya olvidado de llevar la bolsa de tela beige que suele llenar de panecillos de viena en el horno artesano que en un instante el metropolitano dejará atrás.

El día de hoy, por lo demás salpicado por una bruma amarillenta que insinúa lluvia, parece a priori una de esas jornadas aburridas en que todas las piezas encajan en su compás con terquedad de autómata: la niña Rosita saluda a la multitud que desfila borrosa tras los cristales del convoy, el señor Gil (que guarda un asombroso parecido con el difunto profesor de filosofía de Román) se cambia de acera para hacerse el encontradizo con doña Paula, la viuda del brigada Antúnez, y por supuesto Albertito sucumbe también –estando tan avanzado el invierno como lo está, y tan gordo el chaval- ante los estridentes cantos de sirena del carrito de los helados.

Todo está en orden, hasta que Remedios salta al vacío desde el balcón de su casa.

Es un instante recogido desde otro, apenas un parpadeo de movimientos perpendiculares, pero Román hubiera apostado la paga extraordinaria de navidad a que aquella mujer que suele tender la colada todos los días a las ocho y veintidós acaba de dejarse caer –los brazos en cruz- contra el pavimento desde una altura de tres pisos.

Si alguien grita en la calle, lo hace cuando el metropolitano ya está lo suficientemente lejos para recoger sonido alguno. Nadie en el vagón de rostros abotargados parecer haber visto nada anómalo, tampoco, así que no descarta Román, finalmente, que alguna esquirla de sueño le haya jugado una mala pasada haciéndole entrever algo que no ha sucedido.

Pero a las ocho y veintidós de la siguiente jornada no hay rastro de Remedios ni de su colada al paso del suburbano. Los ventanales que dan al balcón tienen las persianas inusualmente bajadas, y así permanecen durante cuatro días más.

Al quinto, Román decide apearse en la estación de Cinco Rosas.

Camina paralelo a la vía del suburbano hasta dar con el edificio de la presunta suicida. Solventa la falta de planificación abordando a la dependienta de un colmado que ocupa la parte baja del inmueble.

-Quería hacerle una pregunta en relación con la vecina del tercero.

-Por lo que me paga la agencia, no estoy ni para preguntas ni para visitas guiadas.

-¿Perdone?

-¿Quiere ver el piso o no?

-Eh…sí.

-Tenga –dice sin mirarle mientras deposita en su mano tres llaves unidas por una arandela. – Y si habla con los de la agencia les dice que o me pagan el doble o ya pueden venir ellos a hacer su puto trabajo.

La casa de Remedios –se le ha olvidado comprobar si es ese en verdad su nombre al pasar junto a los buzones- huele aún a hinojo y a suavizante. Román sube las persianas y recorre sus escasos cincuenta metros cuadrados, que se compartimentan en una cocina, un minúsculo baño, dos habitaciones individuales (una reciclada como cuarto de plancha y trastero) y un salón comedor. La cama está hecha, y no quedan fotografías, ropas ni recuerdos que revelen que hace menos de una semana la casa estuvo habitada.

Abre el ventanal que da al balcón. En los cordajes de nylon todavía cuelgan algunas pinzas de tender. Con un chasquido de lengua se recrimina haberse olvidado hoy de poner la lavadora, y mientras repasa la lista de cosas que aún le quedan por hacer antes de acabar el día deja de ser consciente que ha olvidado su nombre, su procedencia y hasta lo que comió hoy. Nadie tiene que explicarle, eso sí,  que por ejemplo en el segundo cajor del tocador tiene dinero para pasar el mes, o que en el supermercado de la plazoleta mañana habrá langostinos en oferta.

Le saca de sus ensoñaciones el ensordecedor traqueteo del metropolitano con número de licencia 681, que acude puntual a su cita de las ocho y veintidós. En un asiento del último vagón una mujer que por alguna razón le resulta familiar parece mirar en su dirección con gesto triste. Luego desaparece junto con el suburbano bajo tierra, y una nueva noche interminable cae sobre el barrio.

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