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El reflejo del reflejo
Por erre medina Publicado en Relatos en 12/11/2019 0 Comentarios 13 min lectura
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Posiblemente su existencia se remonte a los propios albores de la humanidad, y ciertamente podemos entrever sus estragos en forma de leyendas, catástrofes de otra manera inexplicables o como parte fundamental de los ritos iniciáticos de algunas de las  sociedades secretas más importantes de la antigüedad. Mas si nos atenemos a los hechos, la primera noticia indubitada que se tiene del espejo data de finales del siglo XV.

Cuentan al respecto que Ben Mulay de Constantinopla, más conocido como el Sultán Carnicero, solía colocar frente a un cristal mágico a las esposas y concubinas que conformaban su harén. Cada cierto tiempo -o a veces de forma sorpresiva en caso de sospecha o acusación- las mujeres eran situadas de una en una ante la luna inclemente y obligadas a fijar los ojos en su horrorizado reflejo, para que fuera revelada la verdad.

Y es que esa es la facultad del espejo. Que en lugar de devolver a los ojos que lo miran el reflejo de la persona que se exponga a su escrutinio, lo que retorna es la imagen que ese individuo tenga de sí mismo. De manera tan incomprensible como diáfana e incontrovertible, cada debilidad, cada oscuro pensamiento, cada secreto insondable son expuestos en el cristal, de tal manera que al instante cualquier espectador puede tanto estar al corriente de los más nimios hechos o anhelos que hayan acontecido o alienten al individuo sometido a examen como de la ponderación que todos estos pormenores le merezcan respecto de su propia consideración moral.

Pendiente de todo pero fuera del revelador encuadre, desde el ángulo muerto de la magia,  Ben Mulay descubría recostado entre mullidos cojines qué mujeres del harén le eran fieles o cuanto menos le toleraban ante la alternativa de peores perspectivas, y cuáles no sentían sino asco ante su mera presencia. Luego decidía el destino de cada una sin inmutarse ni mostrar la más mínima clemencia. 

Desoyendo las admoniciones de sus consejeros, decidió un día el sultán Mulay comprobar también ante el todopoderoso cristal la fidelidad de sus oficiales. Tras hallar que más de la mitad habían sopesado traicionarlo en algún momento o lo harían de darse las circunstancias propicias, procedió a decapitarlos junto con los propios consejeros.

Ante la posibilidad de que el Sultán decidiera extender aún más sus juicios especulares, buena parte de la tropa, el personal de servicio y los campesinos decidió desertar, junto con sus familias. Pronto el reino se convirtió en un terreno deshabitado que fue prontamente invadido por los reyezuelos adyacentes, que no se toparon con más oposición que la de los pocos fieles a los que Mulay había perdonado la vida.

El espejo desapareció del curso de la historia durante algo más de un siglo, hasta que las crónicas lo sitúan como la más preciada posesión de Adolfo Díaz Alvarado, marqués del Aljarafe. Cuentan que el viejo aristócrata celebraba fiestas suntuosas que tenían como fin la presentación en sociedad de los miembros de las familias más influyentes de la región, así como  de aquellas personas que por sus cargos relevantes hubieran de jugar un papel destacado en la vida social y económica del marquesado.

Había ideado don Adolfo un ingenioso y rebuscado protocolo en el que –se imaginarán-  el espejo jugaba un papel preponderante.  La persona que hubiera de ser presentada era situada frente al cristal, a la sazón cubierto por una gruesa tela. Junto a ella se situaban, ataviados con máscaras que evitaran tanto ser reconocidos como reflejados por el mágico cristal, a un lado los familiares, amigos y padrinos del novicio, y al otro aquellas personas que por malquerencia, intereses contrapuestos o por ser conocedores de alguna circunstancia adversa del examinado se prestaban a servir de contrapunto al examen social.

Ante esta exposición grupal, al ser destapado el espejo devolvía un reflejo que era el común denominador de la suma de las opiniones que sobre el examinado tuviera el enmascarado séquito, más la de aquél mismo. Luego, de forma sincronizada, iban abandonando por parejas contrarias en opinión los acompañantes la zona de exposición, dejando gradualmente solo al novicio frente al reflejo que, capa a capa, mutación a mutación, acababa revelando verdadera esencia del futuro miembro de la sociedad.

Pese a lo que pudiera pensarse, so pena de verse expuestos al escrutinio de sus más recónditas miserias, ni una sola familia desatendió las invitaciones del marqués. Es más, el número de recién llegados o nuevos ricos que se postulaba para pasar la prueba del espejo (ofreciendo en muchos casos importantes sumas de dinero) crecía semana a semana. Y es que es  bien sabido que la realidad, por dura que sea, resiste mejor el peso social del escrutinio que las especulaciones, máxime si se sustenta en una red de recíprocas tensiones.

Tenía don Adolfo Díaz dos hijos. Bruno, el mayor, y Nario. Eran –todo el mundo lo decía- como el día y la noche.  Mientras el primogénito exhibió desde bien pequeño un carácter tranquilo y responsable y el gusto inquebrantable por los estudios y las artes de su difunta madre, el pequeño Nario solía verse frecuentemente envuelto en altercados, broncas y faltas, mostrando bien a las claras un espíritu pendenciero y egoísta.

Temiendo posiblemente que su desenfrenado tren de vida diera con su benjamín en la ruina, dispuso el marqués en su testamento que todos sus bienes, salvo el palacio, el espejo y el título, fueran atribuidos a Nario.

Mas este acto de generosidad fue el que desencadenó la catástrofe que presto les relataré. Y es que el hijo pequeño, al tener noticia del contenido del testamento gracias a un sirviente avaricioso, consideró oportuno adelantar la fecha en que tomaría posesión de su herencia, acabando con la vida de su padre. Para tal fin se hizo con un filtro que provocaba un envenenamiento indetectable.

La salud del marqués empezó a quebrarse de manera lenta pero ostensible, sin que sus galenos dieran con la causa del deterioro. Solo cuando murió el noble tras impotente agonía y se hizo público su testamento, comenzaron a enhebrarse algunas veladas acusaciones contra el heredero, murmullos que lejos de aquietarse se tornaron clamor enfurecido cuando aún caliente el cadáver de su padre aquél se dejó ver  efectuando grandes dispendios de dinero, buen humor y malas compañías en distintos garitos de la comarca.     

Relataron los sirvientes de palacio que Bruno Díaz, el primogénito, le exigió explicaciones a su hermano cuando éste volvía de una de sus correrías nocturnas. Se oyeron insultos, reproches y acusaciones que fueron subiendo de tono sin que nadie se atreviese a entrar a separar a los dos nobles.

—¡Demuéstralo! —Dicen que gritó a modo de despedida Nario mientras abandonaba la estancia con un portazo.

Antes de finalizar ese mismo año, Bruno falleció en un accidente de caza. El sonido de un proyectil perdido asustó a su montura, que se encabritó y lo lanzó al suelo, pisoteándole con sus cascos posteriormente.

Y aunque a esa hora fueron muchos los que aseguraron haber visto al hermano en una casa de apuestas, no se libró por ello de las sospechas el jovencísimo aristócrata. En este caso, además, las acusaciones perduraron asidas a una veta de esperanza: como nuevo marqués del Aljarafe, mandaba la tradición instaurada por su padre que fuera el próximo en someterse al juicio del espejo.

Tomó posesión de su título don Nario Díaz, y pese a que adoptó la prudente costumbre de no retomar sus desenfrenadas jaranas extramuros de su palacio, no consiguió evitar que la extrañeza del pueblo ante la suspensión de los actos sociales se tornase fecha a fecha en exigencia. Se acumulaban los candidatos a ser presentados en sociedad y, por encima de todas las cosas, nadie o casi nadie estaba dispuesto a dejar pasar que precisamente el heredero del noble que había convertido sus secretos en algo de dominio público pudiera sobrellevar su cargo y dignidad bajo el embozo de la presunción de inocencia.

Acorralado, aislado y temiendo una revuelta inminente, el marqués acudió de nuevo a la hechicera que le proveyó del veneno con que asesinó a su padre.

—Necesito un bebedizo que impida que mi reflejo me delate.

La anciana sonrió taimadamente, apenas una muesca desdentada de musgo.

—No te será barato, joven marqués.

—Pagaré lo que valga, pero date prisa.

Pocas semanas después empezaron a llegar las invitaciones, que fueron acogidas entre la alta sociedad y el populacho con una mezcla de expectación y descreimiento.

La noche señalada, y tras las formalidades de rigor, se procedió a despejar el salón principal y dos lacayos introdujeron el espejo, convenientemente tapado por unos cortinajes de raso. Ante el silencio inquisitivo de los invitados, Nario Díaz Alvarado, marqués del Aljarafe, bajó con solemne aplomo las escaleras y avanzó por la estancia de suelo ajedrezado, hasta detenerse frente al cristal cubierto.

—Renuncio, por mor de mi linaje y de la memoria de mi padre y hermano y en aras de acallar de raíz las maledicencias que contra mi persona se han vertido, a cualquier acompañante cuya opinión sobre mí hubiera de favorecerme en este trance. Y ruego se acerque convenientemente disfrazada cualesquiera persona que me crea capaz de los abyectos actos de los que se me ha acusado tan cobardemente en estas semanas.

A cuentagotas primero, y en número más que considerable tras las primeras dudas, se fue poblando la sala de enmascarados que sin mediar palabra circundaron al joven aristócrata. A una señal de cabeza de este se descorrieron los cortinajes y quedaron todos expuestos al escrutinio del cristal.

Cientos de ojos repasaron con avidez la joven silueta que les sonreía desde la habitación invertida que recreaba el espejo. Ni un ápice de culpa o maldad se desprendía de sus facciones pulcras.

—Habrá quien se pregunte —dijo Nario con voz gutural, extrañamente lejana, cuando los acompañantes estaban a punto de abandonar el encuadre el marco —si acaso me habré atrevido a cambiar el espejo mágico por uno corriente y vulgar. Y entiendo que, dadas las circunstancias, sería una sospecha procedente. Por lo tanto, para evitar que las dudas rebroten, nada se me ocurre más oportuno que rogar a mis acompañantes que se quiten las máscaras y muestren su rostro a la vista de todos ante el espejo.

Hubo, por supuesto, protestas con las que el joven marqués contaba. Su guardia, estratégicamente colocada, se ocupó de que fuera revelada la identidad de los enmascarados ejerciendo la violencia que fue precisa, ante la pasividad de los presentes, aún avergonzados por las infundadas prevenciones que habían albergado hacia el noble.

El resultado no pudo ser más concluyente. Rodeando al apuesto joven, el espejo devolvió los reflejos desabridos y aterrados de los acusadores, descompuestos cada uno en su propia historia de miserias, limitaciones e incongruencias morales. No solo su inocencia quedaba avalada a través de un simple contraste visual, sino que ahora quienes osaron acusarle quedaban sobre la resbaladiza repisa de su magnanimidad.

Satisfecha la curiosidad de unos, y aventada la preocupación de otros ante posible represalias, abandonaron los invitados la fiesta. Nadie se percató en que el joven marqués permanecía de espaldas a todo, aún confrontado con su reflejo.

Fueron los lacayos al iniciar las tareas de limpieza los que lo encontraron ya entrada la madrugada de la misma guisa, convertido en el reflejo de su reflejo inane. Con delicadeza levantaron en vilo el cuerpo exánime del marqués y lo llevaron a sus aposentos, donde lo desvistieron e introdujeron en el lecho.

—¡Santo Dios! —exclamó entonces una de las sirvientas, echándose una mano a la boca.

Bajo la luz del candil se mostraba la descarnada imagen del mal y la culpa, incardinada de forma tan incomprensible como indisoluble en los rasgos del joven marqués. Su habitual apostura había sido corrompida de tal manera y de tantas formas que los sirvientes supieron al instante y sin atisbo de duda que aquel muchacho había sido el responsable de la muerte de los dos últimos marqueses del Aljarafe.

—Murió pocas semanas después, de hambre y locura. —El guía turístico hizo una pausa dramática, no por repetida otros cientos de veces menos efectiva. —Al pueblo se le contó que don Nario cogió unas fiebres que resultaron ser fatales, debilitado como se hallaba por la pérdida de su familia y la desconfianza del marquesado. No obstante, no se pudieron acallar del todo los rumores que hablaban de gritos dementes que desgarraban el silencio de la noche, o de los cortes que sin explicación –ya que el enfermo permanecía atado de pies y manos- aparecieron en el torso cadavérico del marqués, conformando letras sanguinolentas cuyo siniestro significado nadie quiso entender.

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